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La sonrisa de Mafate

  • abril 19, 2018

Cuando conocí a Mirella supe que era excepcional. Y así se lo hice saber. Mientras nos servía el mejor civet de canard que jamás probaré en la vida.
La verdad es que nos costó llegar a aquel gite. Después de 5 horas caminando, la última subida hasta Grand Place les Hauts se nos ido algo tediosa. Faltaban un par de minutos para las tres de la tarde y un intenso sol golpeaba una mochila que ya resultaba demasiado pesada. Cuando vi el cartel de bienvenida me pareció pisar el cielo ( y no andaba equivocada). Allí nos esperaba su tímida sonrisa y ella, rodeadas del vibrante color verde Reunión, el cual resaltaba el turquesa de las paredes.

La verdad es que prácticamente dejé de escuchar cuando nos enseñó la ducha exterior con vistas al piton Calumet. Mi mente solo podía fantasear con el momento de quitarme las botas y sentir el agua deslizarse desde mi cabeza hasta los pies. Aún cierro los ojos y recuerdo ese momento. Cuando la felicidad tenía forma de gota. Y de ropa limpia.

Con las primeras agujetas en los gemelos nos pusimos a comer. Con tal de aligerar peso para una excursión de cuatro días, decidimos abastecernos de frutos secos, jamón serrano y un pan de almendra que hizo Freixa. El primer mordisco de aquella “tostada” me pareció una delicatesen. Creía que mis papilas gustativas iban a explotar con el resto de mis sentidos, pero allí estábamos. Con una sonrisa, los pelos de punta y un trozo de grasa asomando en mi boca.

Luego leímos un rato, volamos el dron y hablamos con los niños de Mirella. En realidad tan solo con el “mayor”, porque con el pequeño jugaba, al cucú. El colegio les quedaba a unos 20 minutos a pie y solía acompañarles su padre. La verdad es que pensar en subir aquella última pendiente un par de veces al día, merecía toda mi admiración.

El gite se había convertido en una maison privada para nosotros solos. Desde las últimas lluvias, habían descendido el número de clientes, los desprendimientos habían cerrado la ruta de Riviere de Gallets desde donde algunos senderistas sin demasiadas ganas de caminar accedían a Mafate en 4×4.
Yo no paraba de preguntarme cómo habían llevado todo aquello allí. Las camas, los grifos, el aglomerado de las paredes… pero mis dudas se disiparon cuando vi sobrevolar un helicóptero con lo que parecía un saco de runa lleno de alguna mercancía desconocida para mis ojos miopes.

Mafate es uno de los tres cirques de Isla Reunión, y el más recóndito. Es uno de esos lugares donde respirar parece más sencillo. Aunque en ocasiones te falte el aliento después de 1300 metros de desnivel. Un lugar donde no se detiene el tiempo, porque no existe. Igual que las carreteras que acceden a él. Y es que Mafate se reserva el derecho de admisión, aunque nunca se fije en tu calzado. Por eso fui descalza a cenar.
Nos presentamos puntuales a las siete en un comedor que se comunicaba con el suyo a través de un ancho pasillo. El olor predecía un manjar suculento, mientras dos vasos de chupito esperaban el típico rhum arrangé.

Mirella nos explicaba cada cosa con detalle. A veces sin palabras. Bastaba con mirarle a los ojos y dejarse envolver por el amor que desprendían sus manos.
Llevaba viviendo allí toda la vida. Como su madre. Amaba su forma de vivir y aunque un par de veces al año bajaban a la capital, era más feliz desconociendo el número pantone con el que convivían.

Jean Louis y ella se ocupaban del negocio, les proporcionaba unos ingresos extra a una vida practicante autosuficiente. Tenían cabras, patos y un huerto del que salieron aquellas berenjenas que nos puso como entrante. Después, llegó el gran festín; tres grandes bols contenían algo más que comida: arroz, lentejas y canard. A lo que en su conjunto se le llama cari y es el plato por antonomasia de éste territorio de ultramar francés. Cuando terminó la explicación de cómo criaba a sus animales le dije que era una mujer excepcional. Sus intensos ojos se emocionaron, y yo, lo hice con ella. Mis lágrimas se convirtieron junto a un piment de cebolla y tomate, en el acompañamiento perfecto.

Nadie me lo dijo nunca” alcanzó a decir con un hilo de voz entrecortado.
¿Nadie? Yo no entendía que ninguna de las personas que habían pasado por allí restara importancia al cariño con el que colocaba las sábanas en la cama. La dulzura de esa coleta despeinada y la similitud con una mejicana de apellido Kahlo.

Quizás por eso era artista. Y fortaleza.

A veces me pregunto porque nos cuesta tanto ponerle voz a un halago. Y no tenemos espacio suficiente para críticas, que tenemos que ir borrando gigas en nuestra memoria del rencor. Y del ego.
A veces me pregunto con qué ojos miramos el mundo.
Si nos convertimos en seres inertes.
Si arrastramos los pies de ilusión dejando un cerco al que llamar apatía.
Y dejamos de valorar una caricia o que alguien te ceda el asiento en el metro.
Si estará mal visto decir gracias. Estás preciosa, tu atención ha sido excelente, esos pendientes te hacen juego con tu sonrisa.

Y yo, que siempre tuve la misma facilidad para reír que para llorar, me tiré la mayoría de la cena lloriqueando. Porque estaba comiendo felicidad, con cuchillo y tenedor.
Y el colofón lo puso un gallette de manioc, que siendo el postre, no fue lo más dulce de aquella cena. Y nos fuimos a dormir agradeciendo a cada estrella su presencia. Y las emociones no dejaban dormir a una cabeza llena de regalos; sin envoltorio y con sorpresa. Y contando impresionantes paisajes, me dormí. Mientras él me abrazaba.

Al día siguiente el despertador se convirtió en un radiante sol entrando por la ventana. Nos levantamos casi de un brinco al saber que un suculento desayuno nos esperaba.
La verdad es que nunca fui de mermeladas, pero las confituras de papaya y plátanos que nos preparó, me parecieron la mejor dosis de energía para iniciar la que suponía, la etapa más dura. Jean Louis y su hijo se pusieron rumbo al colegio, no sin antes despedirse calurosamente de nosotros y preguntándonos por la ruta que haríamos ese día. Nos aconsejó ir por Ilet des Oranges, que, aunque sumaba tiempo extra a nuestra caminata, afirmaba ser un placer para la vista.

Recogimos la ropa tendida, deshicimos la cama y le pedimos una foto a Mirella. No me hacia falta una imagen para recordar que ya era parte de la huella dactilar de mi dedo corazón, pero quería tenerla. Le dijimos que volveríamos, esta vez acompañados de mis padres. Y que comentaríamos a todos nuestros amigos que aquel era el LUGAR. Con mayúsculas. Para todo y nada.

Le dimos dos besos para confirmar que era una figura corpórea y nos fuimos tomando prestada parte de un aura de tranquilidad majestuosa.

Cerré los ojos. Di las gracias y anclé ese momento. En algún lugar de mi alma. Donde guardo los regalos que me hizo esta Isla, algunos incluso en forma de pulmonía.

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Gigantes

  • marzo 15, 2018

Hace un par de semanas mi terapeuta me dio el alta.
Ni que hubiera dejado en algún momento de estar loca.
Porque eso es lo que pensamos. “Pobre, está loca, tiene un problema, un trauma, una tara, tiene algo en la cabeza que no puede solventar ella misma”.
Como si la debilidad no fuera inherente a nosotros. Y buscar la forma de mejorar cada día fuera algo de lo que me tuviera que avergonzar.

Decidí visitar un terapeuta básicamente por dos problemas físicos principales: tengo ovarios poliquísticos que hacían que mis reglas fueran auténticos partos, y migrañas semanales, por no decir diarias que me dejaban totalmente KO. Para tal propósito acudí a un terapeuta de PNI, que sino sabes que es, te dejo información por aquí de una “disciplina” que ciertamente me ha cambiado la vida. Aunque empecé riéndome de ella y del que actualmente es mi marido.

La verdad es que pensé que todo sería mucho más científico. No me mal interpretes Xavi , tu lo hiciste muy bien, demasiado. Pero la verdad es que me esperaba que “corrigieras” alguno de mis hábitos de alimentación o actividad física, como esa costumbre de ir de tanto en cuanto a Burger King aunque afirmes que no me pueda gustar soberana mierda (pero me gusta).
Y no, lo que hiciste en cambio fue abrir la caja de Pandora, con una pregunta que nunca antes nadie me hizo. Y como ya escribí por aquí, tengo algo de experiencia en esto de bucear en alta mar, y saber que se esconde tras la punta del iceberg. Así que me quité los manguitos y me puso a nadar. A pleno pulmón. Sin más oxígeno del que me aportaban mis recuerdos, mis preguntas jamás hechas.

Y descubrí porqué había una cuidadora en mí. Que la muerte de mi abuela dejó secuelas en los brazos de mi madre, y que en ocasiones no tenía la fuerza para mecerme.
Que mis padres acumulaban carencias afectivas aunque nunca lo dijeran en voz alta y se sintieran perdidos en una nueva identidad para la que nadie les había preparado, ni siquiera sus padres. Que haciendo lo mejor que supieron, también cargaban una pesada mochila.
Y así, generación tras generación íbamos acumulando equipaje de mano y arqueando una espalda. Que ya no aguantaba tanto peso.

Pero no se puede decir.
Porque todo es perfecto.
Y los padres no tienen miedo.
Se los arrebataron todos al nacer sus hijos. Como sus horas de sueño.

Miedo. Para ser tan poderoso que poco te queremos. Y pronunciamos consejos de mierda con los que iniciar la frase con un no. “No tengas miedo, no llores, no te caigas” Y aprendemos a negar una parte esencial de uno mismo, que guardamos con vergüenza en un cajón al que echar la llave.

Y de mi infancia adquirí el miedo al abandono. A la pérdida de un ser querido. A la carencia de unos abrazos y unos besos. A la soledad. Y así entender la manera de relacionarme con los demás. Esos malditos apegos que crean adherencias.Y aunque yo no era consciente, mi otro compañero de vida, no olvida, y guarda todo los hechos en un libro al que titula “El inconsciente”. Qué cabrón.

Y de mi adolescencia aprendí el miedo a la sociedad. A las personas. Al grupo. Porque qué valientes somos en cuadrilla, en manada. Y juntamos fuerzas de mediocridad, y a veces incluso superamos gigantes .
Y yo, siendo gigante tuve que aprender a gatear. Cuando en realidad nunca supe. Y mi madre me cuenta sonriendo que era gracioso ver como lo intentaba. Para después de muchos intentos desistir y caminar. Aunque no siempre erguida. Y mi postura corporal habla de vivencias. No es casualidad que vaya encorvada por la vida, intentando no sacar demasiado pecho, ese al que tantas veces recé para que no creciera. Para no destacar.

Y tantas veces me negué ser yo, que perdí la identidad con la que nací un 3 de Abril. Y durante años intenté ser parte de una manada que no me representaba. Y a la que llegué a odiar.
Pero no se puede vivir desde el rencor.
O sí, pero es una vida de mierda. Al menos para mí.

Y de lo que Xavi me decía, yo hacía la mitad (bendita paciencia)
Y no por una simple cuestión de rebeldía (que también) sino porque me acostumbré a luchar, a ponerlo todo en entredicho. A evaluar.
Y es una cualidad que agradezco. Me ha ayudado a desarrollar un pensamiento crítico, a mejorar mi retórica, potenciar argumentos y a conseguir, muchas cosas.
Pero como toda virtud, le acompaña una sombra, la cual es agotadora. Porque a veces me encuentro luchando contra mi misma, frente a un espejo que olvidé que era yo. Pero ya sabes, muchas años negué mi identidad y a veces me cuesta ponerme cara.

Y mi vida no ha sido una mierda. Sino una vida con carencias ¿y quién no las tiene?
Aunque otra cuestión es ser consciente, ponerles nombre y entender qué patrones de comportamiento se desarrollaron tras ellas.
Carencias. Otra de esas palabrejas que son tan valiosas. Que aportan significado a nuestras vidas. Y que nos potencian. Porqué para obtener, hace falta desearlo, ser consciente, darnos cuenta. Y rellenar vacíos o dejarlos como están, porque también son bonitos, y sobre todo útiles. Convirtiéndose en diques donde acumular agua durante las épocas de sequía.

Así que gracias vida.
Llenaste mi maleta de tantos viajes que tengo la sensación de haber dado la vuelta al mundo. De mis emociones.
Y ahora que me mudé al hemisferio sur, tengo una nueva perspectiva de vida.
Y le di media vuelta a todo lo aprendido. Y ya no sé si ando del derecho o del revés, pero no gateo.
Incluso mi espalda parece estar más erguida (bueno, no siempre)

Y me ayudaron personas que se convirtieron en familia.
Y me ofrecí el tiempo que cada uno merece.
Y llevo casi 32 años acumulando palabras que formaron un lenguaje. Con el que nací.
Porque siempre se dice que sería mucho más fácil que los niños naciéramos con un manual debajo el brazo. Para que puedan leerlo nuestros padres.
Y no sé de qué puede servir si es un lenguaje propio. Que no se lee sino que se siente, con los años y la experiencia.
Y que se escribe. Porque no nací siendo un final, tan solo un prólogo.

Y en éste capítulo de mi vida. Apareces .
Para ofrecer nuevos recursos literarios.
Y de Isla a Isla te mando un fuerte gracias. Acompañado de un cariñoso abrazo. De una niña que ríe en la oscuridad, porque no se siente abandonada.

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Por un puñado de buñuelos de leche

  • marzo 13, 2018

Valentía es quedarse en un segundo plano. Pero nunca al margen. Porque esa foto en blanco y negro no sería lo mismo sin ti. Tampoco ésta.

Y tu silencio queda enmascarado en una cobertura de crema de queso. Y entre tanto arreglar pantallas rotas, te encontraste con una que antojaba complicada. Y no podías guardar el nivel. Y el juego no cesaba de empezar de nuevo. Como el día de la marmota pero sin marmota y con una perezosa Lula en la ventana. Y empezar la jornada en una cadena de montaje cuando en tu cabeza se desmoronaba la vida. Aunque siempre tuvieras herramientas para reparar una catástrofe. Y así, como quien finaliza el circuito de una placa base, reiniciaste el juego. Y el secreto estaba en una voltereta final, que practicaste con paciencia.

Y no aguantaste carros ni carretas sino que tiraste de ellos. Esperando que os llevaran al siguiente nivel. Siempre sereno y de la mano. Y fuiste el hombro de muchas acongojadas lágrimas. La espalda donde cargar preocupaciones. Las piernas a veces derrotadas de tanto intentar.
Menos mal que siempre tuviste una Thermomix al lado, donde crear recetas de cariño. Y alimentar la esperanza del algún día. Porque siempre tuviste una camisa nueva que ponerte para provocar sonrisas. Sobre todo la suya.


Y ahora vendes miedos en Wallapop. Y creaste una nueva lista de deseos en Amazon. No te olvides que el mejor regalo no se envuelve y se lo diste en forma de canción.
Y compañía.
Y comprensión.
Y no empieza una cuenta atrás, sino hacia adelante. Donde jugar a decenas de videojuegos que no caben en una game boy trucada.
Y seguir siendo valentía.
Y valiente. Desde ese segundo plano donde te sientes cómodo. Aunque seas protagonista. Como Alex Kidd. Y compartáis un gran puño para golpear a la vida cuando hace falta. Y saltar de alegría otras tantas.

Así que gracias. Ya hemos roto el Mac para que cuando volvamos tengas faena.
Y recuerda que te espero en el aeropuerto. Con un pastel de tres chocolates. Que no esté derretido, porfavor. Y que podamos utilizar tenedor en vez de cuchara sopera.

Yo prometo escribirte mensajes en una botella.
Y regalarte un molde que tenga forma de alegría.
Y llenar la nevera de tuppers donde guardar deseos. Y buñuelos de leche.

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Pezqueñines, no gracias

  • marzo 12, 2018

Un banco de peces nada en el océano
Hoy se une otro más.
Como quien te arrebata las ganas, hoy lo hace con tu vida.
Y ese cuaderno se quedó a medio pintar.
Y una vieja pelota espera un balonazo.
Que se pinchó de esperar.
Perdió el aire que guardaba para hinchar la vida. A sonrisas y a intentos.
Y escribir con tiza un destino que ojalá se pudiera borrar. Como a esas personas que arrebatan minutos de patio. Con la de rasguños que aún le quedaban a tus rodillas.

¿Y qué quieres ser de mayor ?
Ya nadie le podrá hacer esa pregunta.
Porque un mayor quiso ser asesino.

Pequeño, te crecieron aletas demasiado rápido. Apenas no tuviste tiempo de aprender a nadar. Y ahora eres inmenso.
Se quedaron a medias esas bonitas escamas que con cada beso te bordó tu madre. Y tuviste que aprender a respirar en otro medio que te dio una inesperada bienvenida.

Y deseo que te hagas amigo de algún pez volador. Y sonrías. Bien fuerte. Cuando lo veas saltar a la superficie dejando su rayo de luz, como el de tu mirada.
Que una tortuga marina te cuente una historia de sabiduría, mientras te deslices por su caparazón como si fuera un tobogán. Y te unas a una familia de delfines, para que te enseñen a saltar sintiéndote libre. Y que aprendas balleno, como Dori. Y de los tiburones, ya no tengas miedo. Entre tanto cariño te creció una aleta dorsal muy especial. Con la que sortear a los malos. Esa que ojalá te hubiera llegado antes.

Y nosotros nos arañaremos las rodillas por ti. Dibujaremos ese cuaderno que te dejaste a medias y le daremos un buen balonazo. A esa pelota media pinchada.
Como el corazón de aquellos que te quieren. Rotos de dolor. Ojalá pudiéramos zurcir un corazón hecho pedazos.
Ojalá pudiéramos romper la maldad de algunos otros.
Ojalá pudiéramos.
Ojalá estuvieras.
Ojalá tú.

 

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Querida Alegría Carta abierta

  • marzo 7, 2018

Querida Alegría,
Ya sé que que todos te buscamos, sin ofrecer nada de vuelta.
Se no olvida que eres moneda de cambio de una actitud de vida.
Que no siempre estás dispuesta a que te encontremos, porque tu también necesita calma. Restar en paz.
Y volver a construir momentos irrepetibles que guardar como una entrada de cine. De esa primera vez que fuiste con ella, tal vez con él.
Y apareces de la nada soplando aires de tormenta. Y nos sacudes de una calma momentánea que recorre el más sombrío rincón.
Y así, como si fueras una mala droga, te buscamos sin cesar para a veces convertirte en ansiedad.
De no tener los brazos tan largos para poderte abrazar.

Y es que compartes correspondencia con los reyes magos. A lo que pedir deseos.
A ti te pedimos que estés en forma de regalo. Olvidando que tu no eres algo.

Y la decepción se coló entre una persiana medio abierta. Porque a veces no estamos preparados para ver tanta luz. Como si fuéramos Platón en una caverna. Un mito de felicidad. Como esa virtud sagrada a la que aspirar.

Somos racistas. Discriminadores de sentimientos.
Buscamos continuamente un cromo repetido. Con el que forrar un álbum de recuerdos que enseñar a los demás. No vaya a ser que crean que eres dolor y en ocasiones vergüenza.

Porque aprendimos a jugar al tabú. Eliminando desasosiegos en nuestro lenguaje. Porque en la era del postureo, lo más importante es mostrar esperanza.
De un mundo mejor, de personas que se visten con super-capas, que en vez de volar, les hacen tropezar.
En un universo de corazones digitales. Donde felicitar logros que se forjaron a base de miedo, fracaso y estrés.
Y todas esa lágrimas derramadas quedan anuladas por ti. O por lo que parece tu reflejo en aquel embarrado charco.

Querida Alegría,
Parece que te debemos todo en la vida.
Parece que te queramos por encima incluso de nosotros mismos.
¿Pero sabes?
Tu no tienes la verdad absoluta. Ese título le corresponde a nadie.

Y no somos más que un compendio de experiencias y mapas mentales con los que crear una red de conocimientos que poder relativizar sin miedo a reproches.
Me olvidé de reglas universales y camino entre paradigmas.
Con los que tropezar. Y caer en algún vacío.

Querida Alegría,
Yo también te anhelo. Eres uno de esos pensamientos recurrentes. Al que pedir conscientemente. Pero es que yo también soy inconsciente, y algo tendrá que decir.
Muchas veces lo que yo no me atrevo, no quiero, o me da tanta pereza.

Y darme permiso para echarte a patadas de casa y meterme en el ojo del huracán.
Que desde ahí también se ve una vida. Y aunque marea, siempre me gustó mi melena despeinada.
Como quien se lleva preocupaciones para instaurar otras, que poco a poco se convirtieron en sueños.
Como los que muchas veces te pedimos, desconociendo que no eres respuesta de todo y mucho menos de nada.

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Perdedora de sonrisas

  • marzo 5, 2018

Como si la alegría se hubiera perdido en algún recóndito lugar de Port Lligat.
Y jugara al escondite con nuestras sonrisas.
Y ya no nos salpicáramos de cristalinas aguas sino de reproches.

Y así, por lo que un día se llevó el mar, hoy me encuentro arrodillada ante un océano. A miles de quilómetros de lo que fue, algo que parece desmoronarse a pedazos.

Y si quiero mentir, diría que todo es perfecto.
Recordando aquel 10 de septiembre donde un discurso hablaba de ELLAS.
Y tratando de recuperar lo que no se puede ya, me ahoga la rabia. Envuelta de pena.

Y me armo de tolerancia. Aunque no siempre pueda.
Y agradezco cada quilómetro de apego que me libera de cargas que acumulé yo sola.

Pensando ser salvadora de personas, de relaciones, de cosasCuando no soy más que una perdedora de sonrisas. De la mía, la primera

Y entender que la amistad se trabaja.
Que las personas se quieren hasta que se dañan.
Que el tiempo no cura heridas. Ni cicatriza almas. Sino que enfría. Y aunque nos dote de calma, también olvida.

Y las manos permanecen unidas hasta que las separa el ego. Que al final no era más que miedo. De enfrentarnos a una soledad que grita, aunque todavía no le entendemos.

Y yo, que siempre busqué la libertad, espero ofreceros la misma. Para recorrer nuevos caminos. Esperando que algún frondoso sendero, algún día nos lleve de vuelta a esa serena playa.

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Soy un fracaso

  • febrero 28, 2018

Soy un fracaso.
Una cadena de errores.
Soy todas aquellas veces que me he caído y no me he levantado. Porque no he podido o porque no me ha dado la gana.
Soy la gota que se quedó en el tintero.
Soy cada uno de los nudos que entorpecieron mi camino, y mi cabeza.
Soy todas aquellas veces que me dijeron que no. Que me rechazaron. O me rechacé. En primera persona. Y sin ningún escrúpulo.
Soy esa oportunidad perdida.
Esa bala en la recámara.
Soy silencio por falta de valentía. O por exceso de ella.
Soy oscuridad. Y niebla.
Soy todas aquellas veces que olvidé la gestión de mis emociones. Y mis impulsos.
Soy la que dejó las cosas a medias.
Soy la que no puede con todo. Y a veces incluso con nada.


Porque el fracaso está en mi.
Y no quiero que se vaya.
Porque me ofrece otras perspectivas, aunque sean de mierda. Pero ya son otras.
Nuevas maneras de ser y entender mi mundo.

Porque te debo tanto como al éxito.
Diferentes caras de una misma moneda.
Compañeros de un mismo horizonte.

Y yo, que soy fracaso, también soy éxito.
Pero no hoy.
Pero no siempre.

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No lo llames justicia cuando deberías llamarlo fracaso Y censura

  • febrero 27, 2018

¿Te imaginas que te meten 3 años y 6 meses en la cárcel por cantar una canción? En serio ¿te imaginas?
Pues ya no hace falta que lo hagas, porque ha pasado. Sí, sí, no busques la fecha en el calendario que estamos en 2018. En plena democracia y con total libertad de expresión. Y a quien diga lo contrario le hago una rima con el número 155.

La verdad es que vivo con el miedo de que vengan a arrestarme mientras me ducho. O mientras me invento canciones de mierda con mi prima Susana donde no faltan las palabrotas y la exaltación al terrorismo. Y es que ahora parece que el concepto terrorismo se utiliza de forma algo banal. Y escribir una canción sobre hechos sobradamente constatados es un puto delito. Pero claro ¿quién es el autor y quién el retratado?

Si es que, querido Josep ¿no hubiera sido más fácil matar a algún elefante por el camino? No, tu tuviste que elegir el movedizo camino de crear consciencia. Ni que nos gustara pensar.

Y yo me pregunto ¿porqué no te callas? Aunque al menos tuviste la decencia de hacer (algunas) de tu canciones en español, porque siendo catalán me podía esperar cualquier cosa.

La verdad es que es una pena que tengas que ingresar en prisión ahora que estamos en plena selección del himno de nuestra queridísima patria. Me gustaría saber cuál es tu propuesta. Suerte que no tenemos la pena de muerte instaurada en España. O al menos no de forma legal. Porque si no ya sabíamos quién iba a ocupar ese trono ¿verdad? Que levante la mano quien lo sepa, así, de cara al sol.

La verdad es que no sé qué mierda se te pasó por la cabeza al poner de manifiesto tantísimas canciones de odio hacia instituciones y personas de paz. Gente de bien que trafica con armas que exportar a otros países, para que aquí no nos podamos hacer daño. Si eso no es amor, yo no sé que será. ¿Tú no sabías que el poliamor lo inventó un Borbón? Bueno, en su caso era polisexo, pero después compraban su amor con dinero ¿o era su silencio?

Pero bueno Josep, no me hagas mucho caso, que yo también soy catalana. Y a veces con esto del adoctrinamiento en las aulas, me cuesta entender las noticias de la prensa española, y al igual te han dado el premio príncipe de Asturias y estoy haciéndome yo aquí mis cábalas.

Y quizás lo de los 3 años y 6 meses sea el tiempo de la paga extraordinaria que el ministerio de cultura te va a otorgar por ofrecer consciencia a base de hostias, las mismas que nos comemos nosotros cada día, en silencio y sin rechistar.

 

*Por cierto, he estado buscando al autor de ésta maravillosa ilustración y no lo he encontrado ¿Si alguien la conoce podría decirme de quién es? gracias

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Orgullo, eres tú

  • febrero 9, 2018

Siempre estaré en deuda contigo.
No habrán suficientes sonrisas que igualen la tuya. Ni profesores de autoescuela que puedan competir con tu método educativo, en algún polígono de la carretera de la roca.
Suerte que te compraste una berlina donde caben muchos palés. Aunque nos cuelguen el cartel de que tenemos síndrome de Diógenes. O una matrícula donde poner “chatarra“.
Cuanta siestas habremos jodido en el camping utilizando la lijadora. Tantas como materiales reciclados. Y es que nunca te negaste a un proyecto, y mucho menos a un helado (aunque yo, me comiera siempre la mejor parte)

Y sé que no fue fácil enseñar a tirarme de cabeza, ayudarme a coger renacuajos en el río, intentar ponerle freno a ese carácter tan mío. Y que en parte tan solo es un reflejo de ti.
Suerte que ahora sé cómo no se empañan las gafas de buceo, a controlar el maldito nivel de aceite del coche, aunque nunca lo haga, sabiendo que siempre estás ahí para solucionar mis cagadas.
Y ayudarme a pagar merecidas multas. O pagarlas tú, por correr demasiado con aquel coche naranja.

Y me enseñaste a montar en bici e ir sin frenos por la vida.
Porque hiciste desarrollar mi creatividad, trayendo algo más que barro casero en aquellas tardes de verano. Y ponerlo todo enguarrado. Y jugar como se supone que lo hacen los niños, y eliminar prejuicios sobre lo que debe o no hacer una mujer.

Y tú, que siempre pretendiste cogerme de una caída segura, no siempre lo conseguiste. Y una marca en la barbilla me recuerda que me criaste libre. Como las veces que me perdí y fuiste luz en la distancia. Terco en palabras pero grandioso en hechos. Porque bajo el agua no se puede hablar. Buceando en aguas cristalinas de alguna playa de Tossa de Mar.
Tú, que siempre me trajiste tesoros en forma de estrella de mar, me convertiste en sirena. Y en el León de la selva.

Y pasan los años y sigues tirado en el suelo para que yo, te haga cosquillas de nuevo.

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Querido orgullo

  • febrero 8, 2018

Querido orgullo,
Ya sé que naciste del ego. Que te gusta aparentar hermético. Y seguro. Porque a cabezota no te gana nadie.
Y provocas un oasis de sed a tu paso.
Y tiñes de arrogancia ese ropaje que cubre cada poro de vanidad.

Porque a tu lado se desvanecieron oportunidades. Se cerraron ventanas y se abrieron callejones.
Sin salida. Ni luz.

Querido orgullo,
Cuantas veces me aferré a tus brazos.
Cuantos veces me contaste historias donde ser protagonistas. Y el mundo alababa nuestra verdad. Haciendo reverencias a nuestro paso. Pidiéndonos perdón por sus errores. Esos que a nosotros nunca nos dio tiempo a (re)conocer.

Querido orgullo

Querido orgullo,
Ya sé que eres útil. Que aumentas mi autoestima y recuerdas mis valores. Que me vistes con la armadura del cariño para que nada ni nadie me haga nunca mal.
¿Pero sabes? Me di cuenta que con este frío traje no puedo abrazar otras realidades. Ni aprender.
Porque aunque nos cueste reconocerlo, no somos portadores de la verdad, tan solo somos una de las millones representaciones de nuestro mapa mental. Dirigido por nuestras experiencias. Capitaneado por nuestras emociones.

Así que gracias.
He comprado un nuevo lápiz y un par de gomas para reescribir nuestra historia.
Y seguir siendo los protagonistas pero sin satélites alrededor. Que por más que quiera, no soy luna. Y tú, nunca fuiste sol.

Y tú ¿qué le dirías a tu orgullo?