Un año de emociones

Querida paciencia

  • enero 22, 2018

Te escribo para que me mandes tu ubicación por WhatsApp. Creo que me enviaste una dirección equivocada y ando algo pérdida.
A veces pienso que no quieres que te encuentre. Te escondes en rincones que desconozco por donde no cabe esta mochila llena de prisa.

Y me pierdo en lo inminente.
Espero tu respuesta de forma urgente porque esperar, nunca fue lo mío.
Y quiero las cosas ya. Aunque ese ya se llame fracaso.
Porque a veces me gustaría que fueras amiga del miedo. Y vinieras a alguno de nuestros habituales encuentros. Tengo una habitación de invitados donde suele quedarse la intolerancia y el recelo.

Querida paciencia,
Ya sé que eres tiempo.
Hermana de reflexión y armonía.
Que caminas con paso firme y tranquilo. Con esa templanza que te regaló tu madre calma.
Y te alejas del estrés y lo impulsivo.
Porque tú, naciste para mecer tempestades.

Por eso te busco.

Porque no me quedan uñas para sosegar mi ansiedad.
Se me han acabado los reproches que hacerme delante de este espejo roto.

Porque vivimos en la sociedad del ahora. Lo inmediato.
Porque nuestra atención dura 30 segundos. Los mismos que espero para abrazarte. Y si vienes tarde me envuelve el desespero.
Y te culpo de no encontrar un sendero que no me molesté en iluminar.
Porque nunca tuve tiempo.

Tiempo.

Ese sistema de recompensa a largo plazo.
Que suena a lejano. Y a sabiduría.
Que acontece el éxito.
Que se aprecia enérgico y placentero.

Querida paciencia,
Y es que quiero encontrarte en nuevos lugares. Darte forma.
Que las dos sabemos que tu lugar favorito es casi tan inmenso como tu logro.
Y me sumerjo entre las olas para apaciguar mi agravio.
Y mis lágrimas de rabia se quedaron en la orilla del prejuicio.
Y ese oleaje me dejó desnuda.
En medio de una Isla del Índico de idioma desconocido.
Y mirándome a los ojos desafiaste mis miedos.

Y me ofreciste más de 30 segundos para observarte.
Y recordar cada lunar que hay en tu cuerpo.
Y construir constelaciones con ellos. Para cuando necesite contar estrellas en el caos de un universo gobernado de impaciencia.

Querida mía,
Éste año decidí regalarme tiempo.
Tomarme más en cuenta.
Este año decido quererme para encontrar la forma de que estés más presente en mi vida.

Y tú ¿Qué le dirías a tu paciencia? 

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Querido miedo

  • enero 15, 2018

Ayer me puse mis mejores galas para recibirte.
Me vestí con aquella armadura que no me dio tiempo a utilizar la última vez.
Me armé con el escudo que todavía sigue intacto, esperando parar alguno de tu revés.
Apagué todas las luces, sabiendo que la oscuridad se ha convertido en tu hábitat natural.
Y me senté. En la misma esquina donde me derrumbaste aquel mes de agosto.

Pero nunca llegaste.
Nunca cruzaste esa puerta que te dejé entreabierta.
No me meciste.
No viniste a obligarme a derramar lágrimas con sabor a frustración.
Ni a mentirme.

No te cruzaste en el pasillo con la ira, el dolor y el abandono.
No me regalaste aquel engaño cuidadosamente envuelto con un lazo de raso rojo.
No me empujaste al vacío de la tristeza ni llenaste mis pulmones de ansiedad.

Querido miedo,
Siempre haces lo mismo.
Nunca llegas puntual a nuestra cita y me pillas desprevenida andando descalza por algún camino que se convierte en culpa, y desasosiego.
No me das la mano cuando la he cubierto de autoestima, porque tú, siempre me quieres vulnerable. Temerosa.

Y te conviertes en ese nudo que no desenreda mi valentía.
En el desconcierto de unos ojos que no consiguen ver fortalezas.
En la melancolía de un lenguaje que no encuentra más que palabras dañinas.
Y culpabiliza. Señalando con furia las carencias que aún apremian.
Como si no pudiera aprender de ellas.

Querido miedo,
Tú, que piensas que no eres más que tristeza, vienes cargado de utilidad.
Porque eres esa moneda que cuando consigue dar la vuelta puedes ver su verdadero valor. Y comprar cosas con él. Y resulta que las cosas no son objetos sino objetivos.
Y no encuentro mejor objetivo que ser yo.
Contigo y en ocasiones sin ti.

Querido miedo,
Entiendo que no debo esperarte en el mismo lugar ni con la misma apariencia.
Porque yo, ya no soy esa.
Te encargaste de que a tu paso viniera la fuerza, y las dos saliéramos de allí. Entre aplausos de fervor, alborozo y simpatía.
Así que ven cuando quieras.
Yo, ya me quité la coraza. Y aunque duelas, siempre consigo ver el amor que hay en ti. En mi.

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Gente de NO Cuando los valores brillan por su ausencia

  • noviembre 20, 2017

¿Manada?
Yo os llamaría jauría.
Cazadores de vidas ajenas
Sarnosos carentes de escrúpulos
Desgraciados.

Yo os llamaría de todo.

Y pedís respeto.
Eso que a vosotros se os olvidó dar. Y tener.
Eso que debería ser el valor principal de una persona. Para si mismo. Y para los demás.

Respeto. Honestidad. Amor.

Reclamando unos derechos sin haber participado de ellos.
Del derecho que tiene una persona a ser libre. Feliz.
Del derecho a NO ser violada.
Del derecho a decir NO.
Con palabras, con gestos, con lágrimas en la cara.

Pero NO.

Parece que el NO juega a vuestro favor.
Y el juez NO ha querido incluir los mensajes anteriores a ese fatídico día.
Y NO están imputados el resto de la JAURÍA que fueron partícipes de esa violación a través de unos mensajes jocosos y un vídeo atroz.
Porque ninguno de ellos dijo NO. “Chicos quizás esto NO esta bien”.

Pero NO.

Y os parece una buena defensa poner un detective privado para averiguar qué tan desgraciada debe ser la vida de vuestra VÍCTIMA.

Y qué horror.
Verla sonreír.
Verla levantarse de nuevo e intentar, que su vida no sea un continuo 7 de julio.

VALIENTE.

Porque hay heridas que no dejan marca en el cuerpo, pero sí en el alma.
En cada acción. Aunque sea en silencio.
Aunque NO puedas percibirlas.
Ni tocarlas, ni fotografiarlas.
Pero están.

Como la vergüenza que siento de aquellos que son cómplices de la JAURÍA.
Amigos, jueces, periodistas.

Gente de NO.

NO VALORES
NO HUMANIDAD
NO SENTIDO.

Sois el claro ejemplo de que se puede ser peor, cada día.

Y .
Yo también soy una guarra, una zorra y una VALIENTE.

Porque yo no te creo, te siento.

 

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Bienvenida Sombra Cómo aceptar nuestra cara "oculta"

  • octubre 24, 2017

Ella tenía la certeza de querer.
A lo grande.
Ella pensaba que aquella era la forma de demostrar que estaban predeterminados.
Como si el carácter no se pudiera entrenar. Y aprender de nuevo.
Pero en cada golpe mermaba la voluntad de un destino que creyó construir en pensamientos, aunque se olvidara de la acción.

Y es que ella pensaba que era amor. Aquello que sentían.
Ella intentaba tapar aquel dolor con sonrisas fingidas.
Y es que alguien alguna vez le enseñó que así se amaba, a gritos.
Que la vida no era fácil y tenía la libertad de liarse a puñetazos con ella.
Aunque ese saco colgado del techo no eran más que sus valores y sueños.

Ella tenía la certeza de que era así.
Como se construía una familia.
Desde el suelo.
Mientras él piensa si ayudar a levantarte o golpearte de nuevo.
Pero tú también le heriste. Te convertiste en la primera en levantarle la mano.
En faltaros al respeto. Empezando primero por el mismo propio.

Y hoy te duele más la pena que ese tobillo hinchado.
Y sientes vergüenza que alguien conozca ese lado oscuro.
Esa sombra que todos tenemos y no deberíamos pedir perdón por ella.
Ni sentirnos juzgados.

Porque es una suerte conocerla e intentar convivir con ella.
Entender que nos está diciendo.
Interpretar que aquel conflicto, tan solo tiene un mensaje de un lenguaje que todavía no hemos entrenado.

Pero está .
La manera de integrarla en nuestra vida.
Ponerle nombre. Aunque duela.
Caminar a su lado. Sin vergüenza.
Porque por más que lo intentes no podrás deshacerte de ella. Ni del miedo intrínseco que la acompaña.
De tu debilidad.
De tus carencias.

Porque eres fortaleza en tantas cosas, pero no en esa.
No en algo.
No en aquella.

Y liberarte de la carga que tanto te atormenta.
Reconocer que no te queda espacio para esconderla.
Pero sí unos brazos para mecerla.
Y quererla.
Como si tu no te merecieras un perdón.
Y un lo siento.

Y dejar de golpear tu ego.
Para después dejar de hacerlo con el resto.

Y quererte.
De verdad.
Con todo tu ser.
Y tu esencia.

Amarte incluso cuando quieras marcharte.
Que no hay distancia que puedas poner entre tú y tu alma.

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Destructores de talento

  • octubre 9, 2017

Nacimos en la era de la revolución industrial.
En lo alto de una cadena de montaje.
Nacimos con expectativas.
Con un número de fabricante.

Nacimos para ser útiles. Cuantitativos. Artificiales.
Nacimos como parte de una predeterminada estrategia de valores.
Seres concretos.

Nacimos como contenedores de conocimiento.
Democráticamente libres.

Nacimos como parte de un sistema educativo que premia unas delimitadas actitudes, mientras otras quedan reflejadas en forma de punto negativo, en el interior de  un cuaderno de tapa dura.

Del 1 al 10. ¿Cuánto vale tu vida?
Como si pudiéramos conceptualizar aquello que no conoce lenguaje.
O al menos ninguno que pueda permanecer escrito. En ese boletín de notas que entregar a tus padres con vergüenza, recelo o felizmente satisfecho.

Competir. Comparar. Premiar. Castigar.
Y vuelta a empezar.

¿Cómo queremos ser una sociedad conjunta si no la creamos?
¿Cómo queremos dialogar con alguien a quien nos enseñaron a destruir?

O tu o yo.
Los dos no podemos ser este nueve.
Que en éste podium no existe espacio para un triste cuatro.

Perdedores.

Somos perdedores de talentos.
De personalidades excepcionales.
De oportunidades.
Somos ese ejemplo inmutable.
De que se puede.
Observar caminos sin escoger ninguno.
Permanecer inmóvil.
Y que sea el mundo quien gire a favor de nuestro ego.
No vaya a ser que lo intentes y fracases.
No vaya ser que encontremos otras formas de ser felices.
De comunicarnos.
De creer que se puede hacer de otra forma.
De reconocer que quizás, estuvimos equivocados.

Convencidos.

Creyentes acérrimos.
Somos portavoces de antiguos paradigmas que aunque nos golpeen, hay que quererlos. Respetarlos. Justificarlos.
Cantautores de un único himno.
Ondeando la bandera del conocimiento premium.

Nacimos.

O eso nos hicieron creer.

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Salvadores de mundos

  • octubre 6, 2017

Nos enseñan que tenemos que ser salvadores.
De personas, de relaciones, de cosas.
Convertirnos en seres hiper eficientes.
Y sacar cualquier cosa del desastre donde quizás simplemente, debería estar.

Nos enseñan a ser cuidadores.
Ofrecer antes de preguntar.
A dejar de lado el egoísmo. Pensar siempre siempre en los demás.

Nos enseñaron a desarrollar la capacidad de arreglarlo todo. Como si tuviéramos la apariencia de un juguete roto.
La impartancia de ser altruista.
De querer al prójimo cada día un poco más.

Nos enseñan a ser la llave de una puerta que siempre permaneció abierta.

Porque tú, no naciste para entregar alas a nadie.
Cuando ni siquiera aprendiste a volar.

Que no deberíamos tender una mano repleta de carencias, ni miedos.
Ni ser el reflejo de aquello que nunca tuvimos, que quizás nadie nos enseñó a alcanzar.

Cuando tan solo éramos niños.

Porque tus padres lo hicieron lo mejor que pudieron. Pero ellos también estaban llenos de miedos. Y traumas, que algún día alguien dejó en sus espaldas.

La infancia.

La construcción del espíritu.

Donde forjar patrones de comportamiento.
Donde delimitar en gran parte, el papel protagonista de una obra de teatro que inició su primer acto sin avisar.

Y encontrarte representando una función, que nunca fue tuya.

Ojalá ser valiente para perderse entre bambalinas.
Bajar el telón.
Ojalá abandonar ese escenario antes del segundo acto.
Que no hay nadie entre el público que no pueda esperar.
Y cambiar de vestuario, todas las veces que quieras.
Y encontrar el decorado para contar tú historia. Sin artificios. Que a ti nunca te faltaron grandes focos para brillar.

Que suene la música, mantente en silencio si así debes de estar.

Y escoger los actores secundarios.
Y convertirte en el protagonista de un guión al que siempre poder despedazar.
Que nunca se te olvide que tan solo es un trozo de papel.
Que nunca sean pocas tus ganas de volver(te) a modificar.

Y no perder la vida releyendo una historia intentando contentar un auditorio que nunca pagó su entrada.

Que hay muchos teatros que visitar.
Tal vez museos.
Y exponer la grandiosidad de una obra itinerante que continúa viva y a la que aún le queda espacio para crear.

Recuerda.

Que tienes la misma libertad que ellos.
Para decidir.
De la misma forma que para dejarles actuar.
No te hagas responsable de todas las historia ajenas.
No quieras imponer tú final.

No somos baterías de cargas externas.
No somos el motor de acción de sus vidas.
No alces las velas de un barco que no está preparado para navegar.

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¿Dialogamos?

  • octubre 4, 2017

Ayer después de un mes en cama. Decidí ir al médico.

El doctor me hizo una serie de preguntas mientras me hacía un breve reconocimiento. Mientras iba haciendo bromas y comentarios fanfarrones que estaban totalmente fuera de lugar. A todo esto, la consulta era en Francés, idioma que todavía no entiendo del todo bien, y que hacía que la situación fuera si cabe más confusa.

Hubo un momento un tanto singular donde pensé que había acabado la revisión y cuando suponía levantarme de la camilla empezó a gritar “no te muevas” y simuló ponerme una pistola en la cabeza con sus manos.
Después me tocó algún punto muy molesto junto a los ovarios, que no dudó en presionar de nuevo, al ver mi cara de dolor. “Tienes estrés” me decía. Sí, tengo estrés y los ovarios a punto de reventar porque soy mujer y cada mes me toca eso de sangrar. Mientras continuaba apretando, no se si intentando atravesar algún órgano vital.

“Tienes que perder peso y hacer deporte”
Tengo 31 años, mido 1,75 y peso 70 quilos. Soy una mujer con curvas, siempre lo he sido y aunque ahora sé que no estoy gorda, he tenido problemas durante mucho tiempo para aceptar mi cuerpo. Hago deporte y como seguramente mucho mejor que el doctor al cual su barriga no le permitía llegar con demasiada facilidad a teclear su precioso Mac.
Me dijo que no podía estar deprimida, que debería salir más de casa. Además, le dijo a mi marido con cara de sorpresa que cómo permitía que yo no trabajara en la actualidad.

Menudo subnormal.

Me pregunto yo con que conocimiento de mierda estaba hablando esta persona.
Dónde cojones se dejó eso que llamamos inteligencia emocional. Empatía.
Como si me conociera.
Como si supiera como me siento después de un mes de no tener energía para salir de una cama. De juzgar mis ojeras, las cuales no tuve ganas de camuflar con maquillaje.
De entender que he puesto 9000 quilómetros entre mi zona de confort y yo. Con un nuevo país, un nuevo idioma, nuevas proyectos laborales de vida. Nueva situación.
Me pregunto yo si sabe cómo me siento después de que casi mataran a mi gato. De lo ocurrido en estos dos últimos meses en mi ciudad. De cómo estoy gestionando tantas metas las cuales me cuesta bastante desengranar.
De cómo me siento por no tener la independencia económica que me acompaña desde los 16 años.
De cómo me siento al no hablar un idioma y que tenga que depender, del traductor en el que se ha convertido mi marido.
De que nuestra preciosa casa esté tan alejada de todo, que necesite un coche inexistente para moverme.
De que aunque sé que estoy en el lugar y en el momento, todavía estoy en eso que podríamos llamar periodo de adaptación.

Qué facilidad tenemos para hacer juicios de valor.
Estás gorda, deprimida, eres una mujer florero.

Qué facilidad poseemos para valorar la vida de los demás sin preocuparse del camino recorrido. Ni del momento donde están.

Que pena que la inteligencia emocional no sea una asignatura de ese título universitario colgado en su despacho. Ni de las múltiples especialidades de las cuales se jactaba poseer.

Y humor e ironía, me sobran tantos, como esos quilos que usted señala.

Pero no. Hoy no.

Y reprimí mis lagrimas durante la consulta. Pero al salir ya no pude más.

Y le pregunté a mi marido qué cojones había sucedido allí dentro. Mientras los dos salíamos de ese raro estado de shock donde ese tío nos había metido.

Voy a aprender francés tan rápido para ponerle una reclamación. Para volver a ver esa preciosa cara y explicarle un poquito de que va eso de la humanidad.
Que estoy hasta los mismísimos ovarios de ver en que se está convirtiendo ésta sociedad, donde nos jactamos del mal ajeno, dictaminamos juicios y proclamamos para los demás antes que para uno mismo.

Qué bonito es señalar el ombligo de tu vecino. Y ponerle nombre.
Que fácil es poner el ejemplo sin darlo. Decir sin actuar.

Que fácil es ser hoy en día un auténtico gilipollas. Así, sin mas.

Señor doctor.
Al visitar su consulta no buscaba un modelo de pedantería, ni tan siquiera de mala educación. Tan solo buscaba un diagnóstico clínico de una situación que llevaba demasiado tiempo arrastrando.
Si creía que en algún ápice de mi patología había un desencadenante emocional, lo hizo usted como el puto culo. Yo soy de esa parte mediocre de la sociedad que no tiene un gran conocimiento académico. Pero la vida me ha enseñado a andar sin etiquetas en los bolsillos. Con la educación suficiente para intentar escuchar antes de juzgar. Gracias al arte de la retórica. Créame, es fácil, tan solo tiene que preguntar. Y estar dispuesto a escuchar. Sí, se sorprendería de la grandiosidad que hay detrás de un diálogo. Pero que le voy a usted a contar. Es más de monólogos. Y prefiere que mis respuestas queden encasilladas entre un escueto sí o no. Parece que el mundo no tiene tiempo para escuchar todas las variables. Porque nos creemos con la posesión de la verdad absoluta. Totalitarismo le llamo yo a eso. O ignorancia.
Ésta vez puede usted escoger.

Pero Doctor, no me haga usted mucho caso y es que además de gorda, mujer florero e ignorante, soy catalana.

Pero eso… ya mejor se lo explico otro día.

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Valientes revolucionarios

  • octubre 1, 2017

¿Quién nos adoctrina en el odio?
¿Cuál es la voz que nos incita a la violencia?
¿Para quién está escrita la legalidad?

Lloro desde 9000 quilómetros lejos de mi querida Barcelona al ver en lo que te han convertido.

Impotencia.
Tristeza.
Dolor.

Quisiera entender cómo hemos llegado hasta aquí.
Quién lo ha permitido.
Quisiera saber porque se premia la ignorancia.
Quisiera saber como una persona puede responder frente a otra con violencia.
Derribando ideales a golpe de porra.
Instituciones puestas a disposición del estado para suprimir el ejercicio de la libertad.

Porque ahora parece que a todos nos preocupa la legalidad.
Como si eso fuera sinónimo de justicia. O convivencia. Cuando solo se ha convertido en una moneda de cambio, un arma de poder. El poder de cambiar cuando los intereses así lo premian. Cuando la persona así lo merece, no por sus hechos, sino por su privilegiado estatus.

Porque es así, como nos recuerdan que existen clases sociales. Regímenes políticos. Porque es así como nos enseñan que los artículos se cambian a favor del poder, y en contra de los valores humanos.
Un poder que ya de lejos perdimos quien deberíamos ser la verdadera institución política.

Porque no nos enseñan.
No nos ensañan a reflexionar. A ser partícipes.
No nos enseñan a desarrollar ese natural instinto político, que todos poseemos.
No nos enseñan a dialogar, a practicar la retórica.
No nos enseñan a pensar para que hagamos algo más que simplemente decidir. Como si una simple papeleta me representara.

Y no nos engañemos. No puedo responsabilizar únicamente al gobierno central, porque desde Cataluña, también se ha generado ese odio. A mí no me representan aquellos que no han luchado a favor de hacer las cosas de otro modo. Y que ahora aprovechan la movilización del pueblo catalán para seguir alimentando su ego. No me representan aquellos que no poseen unos valores claros y transparentes. Aquellos que no habéis dado la cara en un día teñido de gris. A mí no me representáis.

Y de todo lo ocurrido. Me siento orgullosa. De las personas y de su unión.
Me siento orgullosa por haber alzado la voz. Y con ella la esperanza.
Me siento orgullosa del movimiento. De que esto se convierta en el inicio de un cambio. Que queramos participar. Ser políticos.
Me siento orgullosa de manifestarnos de forma generalmente pacífica.
Que queramos ser parte activa de quiénes somos, qué leyes nos representan, que instituciones nos den apoyo.
Me siento orgullosa de SER parte de un cambio. Que no ondea banderas ni canta himnos. Me siento orgullosa de todas las personas que aún creen que debemos ser nosotros. Quien tomemos el mando.
Que debe de haber alguna manera de ejercer, de participar, de crear. Nuevas formas de gestionar la sociedad. De acceder al poder, de reinventarlo.
Creo en la lucha, la empatía y el respeto.
Derribando utopías. Aprendiendo.

Barcelona.

Desde la distancia te siento cerca. Y te añoro en estos días donde quisiera permanecer en la calle. Con el verdadero poder político. Que no he visto a ningún representante frente colegios electorales. Dando esa cara que tanto les sobra. Cobardes que mueven los hilos desde sus estrados para que nada les salpique.

Y juegan con nosotros.
Porque somos ignorantes. Al hacernos las víctimas de nuestros propios verdugos.
Que deberíamos estar cansados de apretar nuestra propia soga.
Que no deberían unirnos las cadenas.
Y transformar la pena y la vergüenza en la acción de tomar la actividad que siempre nos ha pertenecido.
Que requiere de tiempo, esfuerzo y aprendizaje. Pero nunca de violencia.

Queridos valientes.
Sois el ejemplo de que se puede. Y se quiere. Ser mejor.
El ejemplo que intenta dejar atrás obsoletas y pesadas lacras.

Que esto ya poco tiene que ver con un simple SÍ o No. Con ser independentista. Catalán. Español.

Que hoy se convierta en el inicio de una (r)evolución.
De pensamiento, de actitud, de derecho.
De acción.

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Si no te ven ¿no existes?

  • septiembre 18, 2017

Hoy todo el mundo es influencer.
Instagramer, youtuber, blogger.
Hoy el éxito se mide en followers. En me gustas y visualizaciones.

Hoy el mundo te recuerda que no eres nadie porque tú contenido no se comparte. No se divulga, no se conoce.

La verdad es que paso horas pensando qué hago mal. Investigando formas de gestionar mis redes sociales, de aumentar mi visibilidad.
Porque tuve una profesora de marca personal, que afirmaba “si no te ven no existes” que ya no valía simplemente con aquello de pensar ¿Descartes porqué me has abandonado?

Y he hablado con personas de la materia, las cuales me afirman que sí, que es realmente complicado, que a parte de ser creativo, constante, genuino y no sé cuantas cosas más, hay que tener algo de suerte. ¿Suerte?
Yo no sé que será eso que llamamos suerte.
Yo no sé si tengo algunas de la características anteriormente descritas. Solo sé que en ocasiones me pregunto si estará. En algún lugar. Aquel público al que puedan interesarle mis habilidades. Mi forma de ser. Esa peculiar visión del mundo. Esa sonrisa que (casi) siempre llevo puesta frente a la vida.

Porque entiendo que para gustos colores. Aunque a veces me pregunte si estaré en alguna referencia Pantone. Si mi público está formado por daltónicos. Si sé pintar.

Porque soy una gran consumidora de internet. Siempre me ha encantado el mundo audiovisual. En todas sus ramas. Siempre me he creído una artista. Aunque fuera de puertas a dentro a mi corazón.
Pero en estos últimos años, visualizando canales de Youtube me pregunto qué mierda de contenido sigue la gente. Y Sí. Tengo que respetar. Nada más escribir “mierda” me he dado cuenta. Pero tengo ojos, e incluso en ocasiones criterio. Y a veces me da miedo como algunos personajes mueven auténticas masas. Porque pienso ¿qué valores transmiten? ¿Qué contenido generan? ¿qué colores son?

Y es que yo siempre fui más de minorías. De tocar las narices.
De contradecirme hasta mi misma.
De cambiar.

Y no sé si encajaré en algún sitio.
Y es que quizás no sea la pieza de ningún puzle inacabado. Tan solo el garabato de un cuaderno al cual le sobra espacio en blanco para tanto desenfreno.

Y buscar que hay detrás de ese reconocimiento. De su búsqueda.
Si es algo desinteresado, o si posee connotaciones de un alma que busca llenar vacíos con abrazos virtuales.

Y me lo pregunto. Como tantas otras cosas.
Y me sigo retando.
A vivir la vida que me da la real gana. A hacer las cosas sin esperar.
A entender que no puedes controlar a los demás, que no estamos en una dictadura. O quizás si, pero simplemente la llamamos de otro modo.

Querido público.
Escribo para . Quizás por eso te cueste encontrarte entre líneas, pero estás.
En ese diálogo interno que siempre has querido liberar. Esa palabrota reprimida en forma de media sonrisa. En esas ganas de descubrir, de incomodarte, de reír.

Síguete buscando. Yo te espero aquí. O en alguna otra parte de éste océano bravío de consciencia.

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La sociedad objeto

  • septiembre 15, 2017

Hace una semana dispararon a mi gato.

Así de surreal. Y así de cierto.
Pero es que claro. ¿quién no tiene una pistola de balines en casa?
“Va mujer, eso es inofensivo. Al niño le hace gracia disparar las latas de cocacola del jardín”
Qué entretenimiento.
Yo es que siempre fui más de Playmobil.
Que se lo digan a mi hermano.
Montábamos verdaderas ciudades en el patio de casa. Con su puerto. Sus casitas, su colegio y hasta una zona de obras. Se nota que somos de Barcelona.
Y era una auténtica sociedad multicultural, dónde un Pin & Pon podía casarse con Mickey Mousse o una Nancy con un dinosaurio. Quizás ahora podrían acusarnos de zoofilia.

Siempre fui más de jugar a escribir cartas de olor. A mi vecina.
Hacer manualidades.
Imitar Ella Baila Sola con mi prima. Y viendo el panorama musical de hoy en día, seguimos preguntándonos porque no montamos un grupo.

Pero nunca me llamaron la atención las armas.

“Vamos a pegar pedradas a los pájaros”
“Que son cosas de niños, mujer”
“Que lo mejor es que jueguen al aire libre”

Perdone señora, a mi es que me gusta encerrarme en casa mientras cuento las racholas del lavabo. Vamos no me jodas. No habrá manera de distraer la mente. De jugar. No habrá formas de desfogar esa energía infantil, o ese fuego que arde en los adolescentes. Aunque estos ya no estén para demasiados juegos.

Ahora pasamos de jugar a las muñecas para experimentar con nuestro cuerpo. Que es más cool. Como el chicle que llevas en la boca el cual te dificulta aun más si cabe, tú pronunciación.

Y tengo miedo. De tener hijos que me pidan ir a cazar los domingos por la mañana.
Que inviertan su tiempo maquillándose más que imaginando cosas. Porque no hay nada más potente que la imaginación de un niño. Esa facilidad que teníamos para montarnos historias. Cuántos conciertos habré yo dado en el Palau Sant Jordi. Cuántas veces me imaginé concediendo entrevistas en inglés sin saber ni siquiera hablar tal idioma. Cuantos videoclips visualicé dónde en gran parte era la protagonista.

Y sí, cada uno tienes sus aptitudes. Sus aspiraciones e ilusiones.
Entonces ahora dime tú a dónde te lleva disparar a unos gatos.

Y algunos me dirán que quieren ser policías. Como si estos fueran pegando tiros por la calle. Porque si esa es la imagen que tenemos sobre nuestros cuerpos de seguridad… yo me bajo de la vida.

Los niños son de azúcar. Todo parece valer para ellos. Todo se les permite.
Porque son niños.

Pues yo creo que NO todo vale. Que todo es cuestionable.
Que alguien debería explicarles que no son los reyes del mundo, que ese puesto, es un privilegio para unos pocos.

Y no pasa nada por decir que no.

Quizás así puedan gestionar mejor la frustración cuando sean adolescentes. Y dejar de patear retrovisores de coches.
O sencillamente preguntarles. Para qué o porqué quieres tal cosa. U la otra. Qué felicidad te aportará tal objeto. Porque os aseguro que los momentos más felices de mi vida lo han protagonizado experiencias, no cosas. Bueno.. exceptuando cuando me compré mi Mac de sobremesa. A ti te amo.
Pero ahora en serio… nadie en su último aliento de vida os dirá jamás: “Ojalá hubiera tenido más vestidos largos, más camisetas con volantes. Más zapatos de tacón. Corre, ves a hacer más rico a Amancio ahora que todavía tú puedes”

Nadie. Nunca.

Así que ofrezcamos a los niños experiencias, más que objetos.
Cuestionemos sus preguntas. Sus deseos.
Para que cuando sean adultos no anhelen tener tan solo el último Iphone. Sino en crear su propia vida. La cual no puede construirse bajo ningún cimiento que pueda comprarse en la Plataforma de la Construcción.

Y yo poseo objetos. Pero estoy aprendiendo a que ellos no me posean a mí.
Deshacerme de ruido visual. Apreciar lo que tengo. Valorar aquello que no he conseguido. Y dejar de frustrarme por ver todos los followers que tienen los demás.

Que todos tenemos que aprender.
Pero antes debemos poner en duda nuestros valores. Nuestros deseos. Y sobre todo nuestro conocimiento. Y de dónde procede éste.

¿Y porqué dejar de banda los niños?
¿Porqué no brindarles la oportunidad de cuestionarse?
¿De retarse?
¿De dudar?

Porque los niños no suelen ser tontos, al menos que nosotros se lo hagamos así creer.
No quieras ofrecerle todo aquello que tú no tuviste.
No vuelques tus frustraciones en él.
Él nunca será tú. Tú nunca serás él.

Y tener la paciencia de preguntarle ocho veces para qué quiere esa pistola.
La cual puede parecerte inofensiva hasta que daña una de tus mayores alegrías.
De esas que no se compran, pero que llenan tus días de vida.