Un año de emociones

Querida paciencia

  • enero 22, 2018

Te escribo para que me mandes tu ubicación por WhatsApp. Creo que me enviaste una dirección equivocada y ando algo pérdida.
A veces pienso que no quieres que te encuentre. Te escondes en rincones que desconozco por donde no cabe esta mochila llena de prisa.

Y me pierdo en lo inminente.
Espero tu respuesta de forma urgente porque esperar, nunca fue lo mío.
Y quiero las cosas ya. Aunque ese ya se llame fracaso.
Porque a veces me gustaría que fueras amiga del miedo. Y vinieras a alguno de nuestros habituales encuentros. Tengo una habitación de invitados donde suele quedarse la intolerancia y el recelo.

Querida paciencia,
Ya sé que eres tiempo.
Hermana de reflexión y armonía.
Que caminas con paso firme y tranquilo. Con esa templanza que te regaló tu madre calma.
Y te alejas del estrés y lo impulsivo.
Porque tú, naciste para mecer tempestades.

Por eso te busco.

Porque no me quedan uñas para sosegar mi ansiedad.
Se me han acabado los reproches que hacerme delante de este espejo roto.

Porque vivimos en la sociedad del ahora. Lo inmediato.
Porque nuestra atención dura 30 segundos. Los mismos que espero para abrazarte. Y si vienes tarde me envuelve el desespero.
Y te culpo de no encontrar un sendero que no me molesté en iluminar.
Porque nunca tuve tiempo.

Tiempo.

Ese sistema de recompensa a largo plazo.
Que suena a lejano. Y a sabiduría.
Que acontece el éxito.
Que se aprecia enérgico y placentero.

Querida paciencia,
Y es que quiero encontrarte en nuevos lugares. Darte forma.
Que las dos sabemos que tu lugar favorito es casi tan inmenso como tu logro.
Y me sumerjo entre las olas para apaciguar mi agravio.
Y mis lágrimas de rabia se quedaron en la orilla del prejuicio.
Y ese oleaje me dejó desnuda.
En medio de una Isla del Índico de idioma desconocido.
Y mirándome a los ojos desafiaste mis miedos.

Y me ofreciste más de 30 segundos para observarte.
Y recordar cada lunar que hay en tu cuerpo.
Y construir constelaciones con ellos. Para cuando necesite contar estrellas en el caos de un universo gobernado de impaciencia.

Querida mía,
Éste año decidí regalarme tiempo.
Tomarme más en cuenta.
Este año decido quererme para encontrar la forma de que estés más presente en mi vida.

Y tú ¿Qué le dirías a tu paciencia? 

Un año de emociones

Anatomía del miedo

  • enero 16, 2018

¿Qué es el miedo?

El miedo es una respuesta emocional básica y una de las más poderosas.
Se cataloga como una emoción “negativa” ya que produce generalmente sensaciones desagradables, aunque como todas las emociones, tiene su utilidad y en su caso particular, es de vital importancia.

¿Qué cambios fisiológicos acciona?

El miedo es una de las emociones que genera más reacciones en nuestro cuerpo, iniciándose en la amígdala. Una pequeña área de nuestro cerebro, la cual se encarga, entre otras funciones, de ponernos en alerta en situaciones de peligro. Esta primera alarma genera una liberación de una serie de sustancias químicas, provocando: aceleración del puso cardíaco, dilatación de las pupilas, respiración agitada y un incremento de la energía muscular.

¿Para qué sirve el miedo?

El miedo es sinónimo de supervivencia. Nos mantiene en alerta y nos prepara para afrontar la situación, aunque es cierto que muchas veces, también nos paraliza.
Emocionalmente el miedo nos hace replantearnos literalmente nuestra vida, nuestros objetivos y prioridades. El miedo nos ayuda a tomar decisiones, de la misma manera que a valorar. A tomar consciencia. A darle la importancia a aquellas cosas que tenemos y a las que anhelamos. El miedo nos ayuda a avanzar, aunque a veces nos envuelva en tristeza.

¿Qué nos provoca miedo?

Hay numerosas situaciones que nos provocan miedo y aunque algunas las encontramos de forma universal, otra pueden variar según la edad, la cultura e incluso el sexo.
Miedos.
Tantos como personas en el mundo.
Miedo a no llegar a casa sin ser violada.
Miedo a que tu hijo no sufra bullying en el colegio.

Miedo a que ese bulto en tu pecho tenga nombre y empiece por la letra c.
Miedo a morir en vida.
Miedo a querer
Miedo a decir adiós para siempre.
Miedo a romper esquemas y ser, lo que hayas venido a hacer en el mundo.
Miedo a no estar a la altura.
Miedo a fracasar.
Miedo a que esa paliza no encuentre un final.
Miedo. 
Y hay muchos más tipos de miedos, pero a mi me interesan los del alma.¿Cómo gestionar el miedo?

Gestionar. Cómo nos gusta esa palabra (a mi la primera) Pero es que a veces, como diría mi alter ego, mando la gestión de mis emociones a tomar por culo, y siento la expresión, sé que mi madre ahora estará con las manos en la cabeza (lo siento mamá) pero es que en ocasiones me abandona el decoro y las buenas formas.

¿A ti no te pasa lo mismo?

Porqué sí, sé que el miedo tiene una utilidad, y que cuando se marcha aparece la fuerza, pero mientras está, me encuentro en la mierda. Y quiero dejar de buscar la energía y darme simplemente el permiso. Sentir.

Retirar viejos hándicaps que afirman que hay emociones negativas que deben trabajarse. Que las lágrimas deben taparse y solo mostrar nuestra cara alegre, bonita y retocada de maquillaje. Como si naciéramos con un Photoshop debajo del brazo.

Así que este año me he propuesto sentir el miedo, no juzgarlo, al menos cuando esté. No pensar que debería estar en otro lugar, con otra sonrisa fingida y todos mis objetivos cumplidos. Cuando no es así.
Y no generar más ansiedad de la que ya tengo. O sí, si es eso lo que el cuerpo me pide. Pero no la cabeza. No escucharla tanto. Y escucharme más a mi.

Y sí, sé que hay miedos que no dependen de uno mismo. Como el hecho de que un desgraciado decida amargarte la vida un 7 de julio. O se rían de tu hermano en el colegio por no saber pronunciar bien ¿Pero sabes? ellos también están cargados de miedos, que quizás alguien depositó en su inconsciente cuando todavía eran demasiado pequeños. Aunque a veces no tengan defensa ni explicación.

Y no pretendo cambiar el mundo. Esa premisa hace tiempo que entendí entre sollozos que no me pertenecía. Pero sí puedo cambiarme a mi.

Porque al final el cambio empieza en uno mismo y por ende en el desarrollo de nuestra inteligencia emocional, esa asignatura para la que aún parece no tener hueco nuestro sistema educativo.

Miedo. Podría hablar de ti durante horas. Te conozco bien y es que éste último año parece que nos hemos hecho amigos. Aunque al principio no creyera mucho en nuestra amistad. Pero me has llevado a sitios bonitos. Aunque también a grandes pozos.

Miedo ¿Cuándo fue la última vez que lo sentiste?
¿Cuándo fue la última vez que lo dejaste marchar?

Blog Un año de emociones

Querido miedo

  • enero 15, 2018

Ayer me puse mis mejores galas para recibirte.
Me vestí con aquella armadura que no me dio tiempo a utilizar la última vez.
Me armé con el escudo que todavía sigue intacto, esperando parar alguno de tu revés.
Apagué todas las luces, sabiendo que la oscuridad se ha convertido en tu hábitat natural.
Y me senté. En la misma esquina donde me derrumbaste aquel mes de agosto.

Pero nunca llegaste.
Nunca cruzaste esa puerta que te dejé entreabierta.
No me meciste.
No viniste a obligarme a derramar lágrimas con sabor a frustración.
Ni a mentirme.

No te cruzaste en el pasillo con la ira, el dolor y el abandono.
No me regalaste aquel engaño cuidadosamente envuelto con un lazo de raso rojo.
No me empujaste al vacío de la tristeza ni llenaste mis pulmones de ansiedad.

Querido miedo,
Siempre haces lo mismo.
Nunca llegas puntual a nuestra cita y me pillas desprevenida andando descalza por algún camino que se convierte en culpa, y desasosiego.
No me das la mano cuando la he cubierto de autoestima, porque tú, siempre me quieres vulnerable. Temerosa.

Y te conviertes en ese nudo que no desenreda mi valentía.
En el desconcierto de unos ojos que no consiguen ver fortalezas.
En la melancolía de un lenguaje que no encuentra más que palabras dañinas.
Y culpabiliza. Señalando con furia las carencias que aún apremian.
Como si no pudiera aprender de ellas.

Querido miedo,
Tú, que piensas que no eres más que tristeza, vienes cargado de utilidad.
Porque eres esa moneda que cuando consigue dar la vuelta puedes ver su verdadero valor. Y comprar cosas con él. Y resulta que las cosas no son objetos sino objetivos.
Y no encuentro mejor objetivo que ser yo.
Contigo y en ocasiones sin ti.

Querido miedo,
Entiendo que no debo esperarte en el mismo lugar ni con la misma apariencia.
Porque yo, ya no soy esa.
Te encargaste de que a tu paso viniera la fuerza, y las dos saliéramos de allí. Entre aplausos de fervor, alborozo y simpatía.
Así que ven cuando quieras.
Yo, ya me quité la coraza. Y aunque duelas, siempre consigo ver el amor que hay en ti. En mi.

Blog

Sobre la Ilusión

  • enero 8, 2018

Se dice de la ilusión que es el sentimiento de satisfacción causado por el logro, la adquisición o la esperanza de alcanzar algo deseado.

Normalmente situamos a la ilusión en lo que denominamos emociones positivas, ya que suele venir de la mano de la alegría, el deleite o el optimismo.

Sin lugar a dudas solemos sentirnos cómodos en éste sentimiento. Cuantas veces habéis escuchado incluso dicho “La vida no tendría sentido sin ilusión” o la célebre frase de Voltaire “La ilusión es el primero de todos los placeres”.

Pero te has preguntado alguna vez ¿para qué sirve la ilusión? ¿Cuál es su utilidad?

Podríamos confirmar que la ilusión te aporta la energía para llevar a cabo (prácticamente) cualquier cosa. Refuerza la confianza en uno mismo, la creencia de que puedes conseguirlo.
Te dota de la actitud y parece eliminar a su paso las posibles barreras.

La Ilusión es un dinamizador. Un halo de esperanza 

Es el motor de arranque de nuestros propósitos y objetivos. Esos de los que tanto hablamos a principios de año.

Pero ¿qué sucede cuando la perdemos?
¿En qué circunstancias parece abandonarnos?

Al final, si consideramos la ilusión un sentimiento vital en nuestra existencia, la cual nos ayuda a realizar nuestras metas, deberíamos conocer qué aporta ilusión a nuestra vida.

Que nos gusta.
Que hace resonar nuestra alma.
Con qué actividades disfrutamos invirtiendo nuestro tiempo.

Y es que éste proyecto de un año de emociones lo que busca es eso: que te regales tiempo. Y con él, conocimiento. Sobre ti.

Sobre quién eres, cómo sientes y qué quieres conseguir (si es que quieres conseguir algo)

Así que te invito a que hoy te tomes un tiempo para ti.
Y que pienses:

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste ilusionad@?

Blog Un año de emociones

Regálate tiempo Y emociones

  • diciembre 29, 2017

¿Cuándo fue la ultima vez que te regalaste tiempo? ¿Qué te prestaste atención?
Cuándo fue la última vez que te dejaste sentir, que te escuchaste, silenciando el ruido a tu alrededor.

Como si el capital más valioso que tuvieras no fuera tu tiempo ni la persona más importante a la que cuidar no fueras tu.

Porque en ocasiones vivimos para los demás. Trabajamos desde lo externo, olvidando que el mundo debería iniciarse en nuestro interior. Desde lo que sentimos.

Y es que a mi nadie me enseñó la utilidad de cada uno de mis emociones.
Ni siquiera nombrarlas.
Nadie me enseñó los mecanismos fisiológicos que se ponen en marcha, las conexiones neuronales que despiertan.
Nadie me dijo que la comunicación con el mundo, dependía de la visión que mis emociones habían formado sobre él.

¿Porque sabes? Hace poco descubrí que existen 307 emociones diferentes.
307! Sí, yo también me quedé con esa cara.
307 maneras diferentes de ver el mundo, de relacionarse con él, de entenderlo.

307

Y pensé… yo quiero descubrirlas. Saber más de ellas.
Quiero entenderlas, conocer su “para qué“.
Quiero conocerme mejor y aplicarlo al mundo que me rodea.

Así que decidí regalarme 1 año.
52 semanas.
52 emociones.

Y este viaje con destino a ti, empieza el próximo miércoles.
¿Te vienes conmigo?

Vámonos

Alter Ego Blog

Gente de NO Cuando los valores brillan por su ausencia

  • noviembre 20, 2017

¿Manada?
Yo os llamaría jauría.
Cazadores de vidas ajenas
Sarnosos carentes de escrúpulos
Desgraciados.

Yo os llamaría de todo.

Y pedís respeto.
Eso que a vosotros se os olvidó dar. Y tener.
Eso que debería ser el valor principal de una persona. Para si mismo. Y para los demás.

Respeto. Honestidad. Amor.

Reclamando unos derechos sin haber participado de ellos.
Del derecho que tiene una persona a ser libre. Feliz.
Del derecho a NO ser violada.
Del derecho a decir NO.
Con palabras, con gestos, con lágrimas en la cara.

Pero NO.

Parece que el NO juega a vuestro favor.
Y el juez NO ha querido incluir los mensajes anteriores a ese fatídico día.
Y NO están imputados el resto de la JAURÍA que fueron partícipes de esa violación a través de unos mensajes jocosos y un vídeo atroz.
Porque ninguno de ellos dijo NO. “Chicos quizás esto NO esta bien”.

Pero NO.

Y os parece una buena defensa poner un detective privado para averiguar qué tan desgraciada debe ser la vida de vuestra VÍCTIMA.

Y qué horror.
Verla sonreír.
Verla levantarse de nuevo e intentar, que su vida no sea un continuo 7 de julio.

VALIENTE.

Porque hay heridas que no dejan marca en el cuerpo, pero sí en el alma.
En cada acción. Aunque sea en silencio.
Aunque NO puedas percibirlas.
Ni tocarlas, ni fotografiarlas.
Pero están.

Como la vergüenza que siento de aquellos que son cómplices de la JAURÍA.
Amigos, jueces, periodistas.

Gente de NO.

NO VALORES
NO HUMANIDAD
NO SENTIDO.

Sois el claro ejemplo de que se puede ser peor, cada día.

Y .
Yo también soy una guarra, una zorra y una VALIENTE.

Porque yo no te creo, te siento.

 

Blog

Bienvenida Sombra Cómo aceptar nuestra cara "oculta"

  • octubre 24, 2017

Ella tenía la certeza de querer.
A lo grande.
Ella pensaba que aquella era la forma de demostrar que estaban predeterminados.
Como si el carácter no se pudiera entrenar. Y aprender de nuevo.
Pero en cada golpe mermaba la voluntad de un destino que creyó construir en pensamientos, aunque se olvidara de la acción.

Y es que ella pensaba que era amor. Aquello que sentían.
Ella intentaba tapar aquel dolor con sonrisas fingidas.
Y es que alguien alguna vez le enseñó que así se amaba, a gritos.
Que la vida no era fácil y tenía la libertad de liarse a puñetazos con ella.
Aunque ese saco colgado del techo no eran más que sus valores y sueños.

Ella tenía la certeza de que era así.
Como se construía una familia.
Desde el suelo.
Mientras él piensa si ayudar a levantarte o golpearte de nuevo.
Pero tú también le heriste. Te convertiste en la primera en levantarle la mano.
En faltaros al respeto. Empezando primero por el mismo propio.

Y hoy te duele más la pena que ese tobillo hinchado.
Y sientes vergüenza que alguien conozca ese lado oscuro.
Esa sombra que todos tenemos y no deberíamos pedir perdón por ella.
Ni sentirnos juzgados.

Porque es una suerte conocerla e intentar convivir con ella.
Entender que nos está diciendo.
Interpretar que aquel conflicto, tan solo tiene un mensaje de un lenguaje que todavía no hemos entrenado.

Pero está .
La manera de integrarla en nuestra vida.
Ponerle nombre. Aunque duela.
Caminar a su lado. Sin vergüenza.
Porque por más que lo intentes no podrás deshacerte de ella. Ni del miedo intrínseco que la acompaña.
De tu debilidad.
De tus carencias.

Porque eres fortaleza en tantas cosas, pero no en esa.
No en algo.
No en aquella.

Y liberarte de la carga que tanto te atormenta.
Reconocer que no te queda espacio para esconderla.
Pero sí unos brazos para mecerla.
Y quererla.
Como si tu no te merecieras un perdón.
Y un lo siento.

Y dejar de golpear tu ego.
Para después dejar de hacerlo con el resto.

Y quererte.
De verdad.
Con todo tu ser.
Y tu esencia.

Amarte incluso cuando quieras marcharte.
Que no hay distancia que puedas poner entre tú y tu alma.

Blog

Destructores de talento

  • octubre 9, 2017

Nacimos en la era de la revolución industrial.
En lo alto de una cadena de montaje.
Nacimos con expectativas.
Con un número de fabricante.

Nacimos para ser útiles. Cuantitativos. Artificiales.
Nacimos como parte de una predeterminada estrategia de valores.
Seres concretos.

Nacimos como contenedores de conocimiento.
Democráticamente libres.

Nacimos como parte de un sistema educativo que premia unas delimitadas actitudes, mientras otras quedan reflejadas en forma de punto negativo, en el interior de  un cuaderno de tapa dura.

Del 1 al 10. ¿Cuánto vale tu vida?
Como si pudiéramos conceptualizar aquello que no conoce lenguaje.
O al menos ninguno que pueda permanecer escrito. En ese boletín de notas que entregar a tus padres con vergüenza, recelo o felizmente satisfecho.

Competir. Comparar. Premiar. Castigar.
Y vuelta a empezar.

¿Cómo queremos ser una sociedad conjunta si no la creamos?
¿Cómo queremos dialogar con alguien a quien nos enseñaron a destruir?

O tu o yo.
Los dos no podemos ser este nueve.
Que en éste podium no existe espacio para un triste cuatro.

Perdedores.

Somos perdedores de talentos.
De personalidades excepcionales.
De oportunidades.
Somos ese ejemplo inmutable.
De que se puede.
Observar caminos sin escoger ninguno.
Permanecer inmóvil.
Y que sea el mundo quien gire a favor de nuestro ego.
No vaya a ser que lo intentes y fracases.
No vaya ser que encontremos otras formas de ser felices.
De comunicarnos.
De creer que se puede hacer de otra forma.
De reconocer que quizás, estuvimos equivocados.

Convencidos.

Creyentes acérrimos.
Somos portavoces de antiguos paradigmas que aunque nos golpeen, hay que quererlos. Respetarlos. Justificarlos.
Cantautores de un único himno.
Ondeando la bandera del conocimiento premium.

Nacimos.

O eso nos hicieron creer.

Blog

Salvadores de mundos

  • octubre 6, 2017

Nos enseñan que tenemos que ser salvadores.
De personas, de relaciones, de cosas.
Convertirnos en seres hiper eficientes.
Y sacar cualquier cosa del desastre donde quizás simplemente, debería estar.

Nos enseñan a ser cuidadores.
Ofrecer antes de preguntar.
A dejar de lado el egoísmo. Pensar siempre siempre en los demás.

Nos enseñaron a desarrollar la capacidad de arreglarlo todo. Como si tuviéramos la apariencia de un juguete roto.
La impartancia de ser altruista.
De querer al prójimo cada día un poco más.

Nos enseñan a ser la llave de una puerta que siempre permaneció abierta.

Porque tú, no naciste para entregar alas a nadie.
Cuando ni siquiera aprendiste a volar.

Que no deberíamos tender una mano repleta de carencias, ni miedos.
Ni ser el reflejo de aquello que nunca tuvimos, que quizás nadie nos enseñó a alcanzar.

Cuando tan solo éramos niños.

Porque tus padres lo hicieron lo mejor que pudieron. Pero ellos también estaban llenos de miedos. Y traumas, que algún día alguien dejó en sus espaldas.

La infancia.

La construcción del espíritu.

Donde forjar patrones de comportamiento.
Donde delimitar en gran parte, el papel protagonista de una obra de teatro que inició su primer acto sin avisar.

Y encontrarte representando una función, que nunca fue tuya.

Ojalá ser valiente para perderse entre bambalinas.
Bajar el telón.
Ojalá abandonar ese escenario antes del segundo acto.
Que no hay nadie entre el público que no pueda esperar.
Y cambiar de vestuario, todas las veces que quieras.
Y encontrar el decorado para contar tú historia. Sin artificios. Que a ti nunca te faltaron grandes focos para brillar.

Que suene la música, mantente en silencio si así debes de estar.

Y escoger los actores secundarios.
Y convertirte en el protagonista de un guión al que siempre poder despedazar.
Que nunca se te olvide que tan solo es un trozo de papel.
Que nunca sean pocas tus ganas de volver(te) a modificar.

Y no perder la vida releyendo una historia intentando contentar un auditorio que nunca pagó su entrada.

Que hay muchos teatros que visitar.
Tal vez museos.
Y exponer la grandiosidad de una obra itinerante que continúa viva y a la que aún le queda espacio para crear.

Recuerda.

Que tienes la misma libertad que ellos.
Para decidir.
De la misma forma que para dejarles actuar.
No te hagas responsable de todas las historia ajenas.
No quieras imponer tú final.

No somos baterías de cargas externas.
No somos el motor de acción de sus vidas.
No alces las velas de un barco que no está preparado para navegar.

Blog

¿Dialogamos?

  • octubre 4, 2017

Ayer después de un mes en cama. Decidí ir al médico.

El doctor me hizo una serie de preguntas mientras me hacía un breve reconocimiento. Mientras iba haciendo bromas y comentarios fanfarrones que estaban totalmente fuera de lugar. A todo esto, la consulta era en Francés, idioma que todavía no entiendo del todo bien, y que hacía que la situación fuera si cabe más confusa.

Hubo un momento un tanto singular donde pensé que había acabado la revisión y cuando suponía levantarme de la camilla empezó a gritar “no te muevas” y simuló ponerme una pistola en la cabeza con sus manos.
Después me tocó algún punto muy molesto junto a los ovarios, que no dudó en presionar de nuevo, al ver mi cara de dolor. “Tienes estrés” me decía. Sí, tengo estrés y los ovarios a punto de reventar porque soy mujer y cada mes me toca eso de sangrar. Mientras continuaba apretando, no se si intentando atravesar algún órgano vital.

“Tienes que perder peso y hacer deporte”
Tengo 31 años, mido 1,75 y peso 70 quilos. Soy una mujer con curvas, siempre lo he sido y aunque ahora sé que no estoy gorda, he tenido problemas durante mucho tiempo para aceptar mi cuerpo. Hago deporte y como seguramente mucho mejor que el doctor al cual su barriga no le permitía llegar con demasiada facilidad a teclear su precioso Mac.
Me dijo que no podía estar deprimida, que debería salir más de casa. Además, le dijo a mi marido con cara de sorpresa que cómo permitía que yo no trabajara en la actualidad.

Menudo subnormal.

Me pregunto yo con que conocimiento de mierda estaba hablando esta persona.
Dónde cojones se dejó eso que llamamos inteligencia emocional. Empatía.
Como si me conociera.
Como si supiera como me siento después de un mes de no tener energía para salir de una cama. De juzgar mis ojeras, las cuales no tuve ganas de camuflar con maquillaje.
De entender que he puesto 9000 quilómetros entre mi zona de confort y yo. Con un nuevo país, un nuevo idioma, nuevas proyectos laborales de vida. Nueva situación.
Me pregunto yo si sabe cómo me siento después de que casi mataran a mi gato. De lo ocurrido en estos dos últimos meses en mi ciudad. De cómo estoy gestionando tantas metas las cuales me cuesta bastante desengranar.
De cómo me siento por no tener la independencia económica que me acompaña desde los 16 años.
De cómo me siento al no hablar un idioma y que tenga que depender, del traductor en el que se ha convertido mi marido.
De que nuestra preciosa casa esté tan alejada de todo que necesite un coche inexistente para moverme.
De que aunque sé que estoy en el lugar y en el momento, todavía estoy en eso que podríamos llamar periodo de adaptación.

Qué facilidad tenemos para hacer juicios de valor.
Estás gorda, deprimida, eres una mujer florero.

Qué facilidad poseemos para valorar la vida de los demás sin preocuparse del camino recorrido. Ni del momento donde están.

Que pena que la inteligencia emocional no sea una asignatura de ese título universitario colgado en su despacho. Ni de las múltiples especialidades de las cuales se jactaba poseer.

Y humor e ironía, me sobran tantos, como esos quilos que usted señala.

Pero no. Hoy no.

Y reprimí mis lagrimas durante la consulta. Pero al salir ya no pude más.

Y le pregunté a mi marido qué cojones había sucedido allí dentro. Mientras los dos salíamos de ese raro estado de shock donde ese tío nos había metido.

Voy a aprender francés tan rápido para ponerle una reclamación. Para volver a ver esa preciosa cara y explicarle un poquito de que va eso de la humanidad.
Que estoy hasta los mismísimos ovarios de ver en que se está convirtiendo ésta sociedad, donde nos jactamos del mal ajeno, dictaminamos juicios y proclamamos para los demás antes que para uno mismo.

Qué bonito es señalar el ombligo de tu vecino. Y ponerle nombre.
Que fácil es poner el ejemplo sin darlo. Decir sin actuar.

Que fácil es ser hoy en día un auténtico gilipollas. Así, sin mas.

Señor doctor.
Al visitar su consulta no buscaba un modelo de pedantería, ni tan siquiera de mala educación. Tan solo buscaba un diagnóstico clínico de una situación que llevaba demasiado tiempo arrastrando.
Si creía que en algún ápice de mi patología había un desencadenante emocional, lo hizo usted como el puto culo. Yo soy de esa parte mediocre de la sociedad que no tiene un gran conocimiento académico. Pero la vida me ha enseñado a andar sin etiquetas en los bolsillos. Con la educación suficiente para intentar escuchar antes de juzgar. Gracias al arte de la retórica. Créame, es fácil, tan solo tiene que preguntar. Y estar dispuesto a escuchar. Sí, se sorprendería de la grandiosidad que hay detrás de un diálogo. Pero que le voy a usted a contar. Es más de monólogos. Y prefiere que mis respuestas queden encasilladas entre un escueto sí o no. Parece que el mundo no tiene tiempo para escuchar todas las variables. Porque nos creemos con la posesión de la verdad absoluta. Totalitarismo le llamo yo a eso. O ignorancia.
Ésta vez puede usted escoger.

Pero Doctor, no me haga usted mucho caso y es que además de gorda, mujer florero e ignorante, soy catalana.

Pero eso… ya mejor se lo explico otro día.