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Gigantes

  • marzo 15, 2018
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Hace un par de semanas mi terapeuta me dio el alta.
Ni que hubiera dejado en algún momento de estar loca.
Porque eso es lo que pensamos. “Pobre, está loca, tiene un problema, un trauma, una tara, tiene algo en la cabeza que no puede solventar ella misma”.
Como si la debilidad no fuera inherente a nosotros. Y buscar la forma de mejorar cada día fuera algo de lo que me tuviera que avergonzar.

Decidí visitar un terapeuta básicamente por dos problemas físicos principales: tengo ovarios poliquísticos que hacían que mis reglas fueran auténticos partos, y migrañas semanales, por no decir diarias que me dejaban totalmente KO. Para tal propósito acudí a un terapeuta de PNI, que sino sabes que es, te dejo información por aquí de una “disciplina” que ciertamente me ha cambiado la vida. Aunque empecé riéndome de ella y del que actualmente es mi marido.

La verdad es que pensé que todo sería mucho más científico. No me mal interpretes Xavi , tu lo hiciste muy bien, demasiado. Pero la verdad es que me esperaba que “corrigieras” alguno de mis hábitos de alimentación o actividad física, como esa costumbre de ir de tanto en cuanto a Burger King aunque afirmes que no me pueda gustar soberana mierda (pero me gusta).
Y no, lo que hiciste en cambio fue abrir la caja de Pandora, con una pregunta que nunca antes nadie me hizo. Y como ya escribí por aquí, tengo algo de experiencia en esto de bucear en alta mar, y saber que se esconde tras la punta del iceberg. Así que me quité los manguitos y me puso a nadar. A pleno pulmón. Sin más oxígeno del que me aportaban mis recuerdos, mis preguntas jamás hechas.

Y descubrí porqué había una cuidadora en mí. Que la muerte de mi abuela dejó secuelas en los brazos de mi madre, y que en ocasiones no tenía la fuerza para mecerme.
Que mis padres acumulaban carencias afectivas aunque nunca lo dijeran en voz alta y se sintieran perdidos en una nueva identidad para la que nadie les había preparado, ni siquiera sus padres. Que haciendo lo mejor que supieron, también cargaban una pesada mochila.
Y así, generación tras generación íbamos acumulando equipaje de mano y arqueando una espalda. Que ya no aguantaba tanto peso.

Pero no se puede decir.
Porque todo es perfecto.
Y los padres no tienen miedo.
Se los arrebataron todos al nacer sus hijos. Como sus horas de sueño.

Miedo. Para ser tan poderoso que poco te queremos. Y pronunciamos consejos de mierda con los que iniciar la frase con un no. “No tengas miedo, no llores, no te caigas” Y aprendemos a negar una parte esencial de uno mismo, que guardamos con vergüenza en un cajón al que echar la llave.

Y de mi infancia adquirí el miedo al abandono. A la pérdida de un ser querido. A la carencia de unos abrazos y unos besos. A la soledad. Y así entender la manera de relacionarme con los demás. Esos malditos apegos que crean adherencias.Y aunque yo no era consciente, mi otro compañero de vida, no olvida, y guarda todo los hechos en un libro al que titula “El inconsciente”. Qué cabrón.

Y de mi adolescencia aprendí el miedo a la sociedad. A las personas. Al grupo. Porque qué valientes somos en cuadrilla, en manada. Y juntamos fuerzas de mediocridad, y a veces incluso superamos gigantes .
Y yo, siendo gigante tuve que aprender a gatear. Cuando en realidad nunca supe. Y mi madre me cuenta sonriendo que era gracioso ver como lo intentaba. Para después de muchos intentos desistir y caminar. Aunque no siempre erguida. Y mi postura corporal habla de vivencias. No es casualidad que vaya encorvada por la vida, intentando no sacar demasiado pecho, ese al que tantas veces recé para que no creciera. Para no destacar.

Y tantas veces me negué ser yo, que perdí la identidad con la que nací un 3 de Abril. Y durante años intenté ser parte de una manada que no me representaba. Y a la que llegué a odiar.
Pero no se puede vivir desde el rencor.
O sí, pero es una vida de mierda. Al menos para mí.

Y de lo que Xavi me decía, yo hacía la mitad (bendita paciencia)
Y no por una simple cuestión de rebeldía (que también) sino porque me acostumbré a luchar, a ponerlo todo en entredicho. A evaluar.
Y es una cualidad que agradezco. Me ha ayudado a desarrollar un pensamiento crítico, a mejorar mi retórica, potenciar argumentos y a conseguir, muchas cosas.
Pero como toda virtud, le acompaña una sombra, la cual es agotadora. Porque a veces me encuentro luchando contra mi misma, frente a un espejo que olvidé que era yo. Pero ya sabes, muchas años negué mi identidad y a veces me cuesta ponerme cara.

Y mi vida no ha sido una mierda. Sino una vida con carencias ¿y quién no las tiene?
Aunque otra cuestión es ser consciente, ponerles nombre y entender qué patrones de comportamiento se desarrollaron tras ellas.
Carencias. Otra de esas palabrejas que son tan valiosas. Que aportan significado a nuestras vidas. Y que nos potencian. Porqué para obtener, hace falta desearlo, ser consciente, darnos cuenta. Y rellenar vacíos o dejarlos como están, porque también son bonitos, y sobre todo útiles. Convirtiéndose en diques donde acumular agua durante las épocas de sequía.

Así que gracias vida.
Llenaste mi maleta de tantos viajes que tengo la sensación de haber dado la vuelta al mundo. De mis emociones.
Y ahora que me mudé al hemisferio sur, tengo una nueva perspectiva de vida.
Y le di media vuelta a todo lo aprendido. Y ya no sé si ando del derecho o del revés, pero no gateo.
Incluso mi espalda parece estar más erguida (bueno, no siempre)

Y me ayudaron personas que se convirtieron en familia.
Y me ofrecí el tiempo que cada uno merece.
Y llevo casi 32 años acumulando palabras que formaron un lenguaje. Con el que nací.
Porque siempre se dice que sería mucho más fácil que los niños naciéramos con un manual debajo el brazo. Para que puedan leerlo nuestros padres.
Y no sé de qué puede servir si es un lenguaje propio. Que no se lee sino que se siente, con los años y la experiencia.
Y que se escribe. Porque no nací siendo un final, tan solo un prólogo.

Y en éste capítulo de mi vida. Apareces .
Para ofrecer nuevos recursos literarios.
Y de Isla a Isla te mando un fuerte gracias. Acompañado de un cariñoso abrazo. De una niña que ríe en la oscuridad, porque no se siente abandonada.

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2 Comments
  • joana

    Hola! Xavi compartió tu texto en facebook, yo fui su alumna en Porto, y igual estoy con casi 32 años, y… me identifiqué!! En todo!!! Como escribes! Gracias!! Porque lo más bonito es sonreír en el oscuro. Saludos desde Portugal!

    • Alter Ego

      Gracias por tu comentario Joana. Somos afortunadas de haber vivido estas experiencias, no crees? Un fuerte abrazo

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