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La sonrisa de Mafate

  • abril 19, 2018
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Cuando conocí a Mirella supe que era excepcional. Y así se lo hice saber. Mientras nos servía el mejor civet de canard que jamás probaré en la vida.
La verdad es que nos costó llegar a aquel gite. Después de 5 horas caminando, la última subida hasta Grand Place les Hauts se nos ido algo tediosa. Faltaban un par de minutos para las tres de la tarde y un intenso sol golpeaba una mochila que ya resultaba demasiado pesada. Cuando vi el cartel de bienvenida me pareció pisar el cielo ( y no andaba equivocada). Allí nos esperaba su tímida sonrisa y ella, rodeadas del vibrante color verde Reunión, el cual resaltaba el turquesa de las paredes.

La verdad es que prácticamente dejé de escuchar cuando nos enseñó la ducha exterior con vistas al piton Calumet. Mi mente solo podía fantasear con el momento de quitarme las botas y sentir el agua deslizarse desde mi cabeza hasta los pies. Aún cierro los ojos y recuerdo ese momento. Cuando la felicidad tenía forma de gota. Y de ropa limpia.

Con las primeras agujetas en los gemelos nos pusimos a comer. Con tal de aligerar peso para una excursión de cuatro días, decidimos abastecernos de frutos secos, jamón serrano y un pan de almendra que hizo Freixa. El primer mordisco de aquella “tostada” me pareció una delicatesen. Creía que mis papilas gustativas iban a explotar con el resto de mis sentidos, pero allí estábamos. Con una sonrisa, los pelos de punta y un trozo de grasa asomando en mi boca.

Luego leímos un rato, volamos el dron y hablamos con los niños de Mirella. En realidad tan solo con el “mayor”, porque con el pequeño jugaba, al cucú. El colegio les quedaba a unos 20 minutos a pie y solía acompañarles su padre. La verdad es que pensar en subir aquella última pendiente un par de veces al día, merecía toda mi admiración.

El gite se había convertido en una maison privada para nosotros solos. Desde las últimas lluvias, habían descendido el número de clientes, los desprendimientos habían cerrado la ruta de Riviere de Gallets desde donde algunos senderistas sin demasiadas ganas de caminar accedían a Mafate en 4×4.
Yo no paraba de preguntarme cómo habían llevado todo aquello allí. Las camas, los grifos, el aglomerado de las paredes… pero mis dudas se disiparon cuando vi sobrevolar un helicóptero con lo que parecía un saco de runa lleno de alguna mercancía desconocida para mis ojos miopes.

Mafate es uno de los tres cirques de Isla Reunión, y el más recóndito. Es uno de esos lugares donde respirar parece más sencillo. Aunque en ocasiones te falte el aliento después de 1300 metros de desnivel. Un lugar donde no se detiene el tiempo, porque no existe. Igual que las carreteras que acceden a él. Y es que Mafate se reserva el derecho de admisión, aunque nunca se fije en tu calzado. Por eso fui descalza a cenar.
Nos presentamos puntuales a las siete en un comedor que se comunicaba con el suyo a través de un ancho pasillo. El olor predecía un manjar suculento, mientras dos vasos de chupito esperaban el típico rhum arrangé.

Mirella nos explicaba cada cosa con detalle. A veces sin palabras. Bastaba con mirarle a los ojos y dejarse envolver por el amor que desprendían sus manos.
Llevaba viviendo allí toda la vida. Como su madre. Amaba su forma de vivir y aunque un par de veces al año bajaban a la capital, era más feliz desconociendo el número pantone con el que convivían.

Jean Louis y ella se ocupaban del negocio, les proporcionaba unos ingresos extra a una vida practicante autosuficiente. Tenían cabras, patos y un huerto del que salieron aquellas berenjenas que nos puso como entrante. Después, llegó el gran festín; tres grandes bols contenían algo más que comida: arroz, lentejas y canard. A lo que en su conjunto se le llama cari y es el plato por antonomasia de éste territorio de ultramar francés. Cuando terminó la explicación de cómo criaba a sus animales le dije que era una mujer excepcional. Sus intensos ojos se emocionaron, y yo, lo hice con ella. Mis lágrimas se convirtieron junto a un piment de cebolla y tomate, en el acompañamiento perfecto.

Nadie me lo dijo nunca” alcanzó a decir con un hilo de voz entrecortado.
¿Nadie? Yo no entendía que ninguna de las personas que habían pasado por allí restara importancia al cariño con el que colocaba las sábanas en la cama. La dulzura de esa coleta despeinada y la similitud con una mejicana de apellido Kahlo.

Quizás por eso era artista. Y fortaleza.

A veces me pregunto porque nos cuesta tanto ponerle voz a un halago. Y no tenemos espacio suficiente para críticas, que tenemos que ir borrando gigas en nuestra memoria del rencor. Y del ego.
A veces me pregunto con qué ojos miramos el mundo.
Si nos convertimos en seres inertes.
Si arrastramos los pies de ilusión dejando un cerco al que llamar apatía.
Y dejamos de valorar una caricia o que alguien te ceda el asiento en el metro.
Si estará mal visto decir gracias. Estás preciosa, tu atención ha sido excelente, esos pendientes te hacen juego con tu sonrisa.

Y yo, que siempre tuve la misma facilidad para reír que para llorar, me tiré la mayoría de la cena lloriqueando. Porque estaba comiendo felicidad, con cuchillo y tenedor.
Y el colofón lo puso un gallette de manioc, que siendo el postre, no fue lo más dulce de aquella cena. Y nos fuimos a dormir agradeciendo a cada estrella su presencia. Y las emociones no dejaban dormir a una cabeza llena de regalos; sin envoltorio y con sorpresa. Y contando impresionantes paisajes, me dormí. Mientras él me abrazaba.

Al día siguiente el despertador se convirtió en un radiante sol entrando por la ventana. Nos levantamos casi de un brinco al saber que un suculento desayuno nos esperaba.
La verdad es que nunca fui de mermeladas, pero las confituras de papaya y plátanos que nos preparó, me parecieron la mejor dosis de energía para iniciar la que suponía, la etapa más dura. Jean Louis y su hijo se pusieron rumbo al colegio, no sin antes despedirse calurosamente de nosotros y preguntándonos por la ruta que haríamos ese día. Nos aconsejó ir por Ilet des Oranges, que, aunque sumaba tiempo extra a nuestra caminata, afirmaba ser un placer para la vista.

Recogimos la ropa tendida, deshicimos la cama y le pedimos una foto a Mirella. No me hacia falta una imagen para recordar que ya era parte de la huella dactilar de mi dedo corazón, pero quería tenerla. Le dijimos que volveríamos, esta vez acompañados de mis padres. Y que comentaríamos a todos nuestros amigos que aquel era el LUGAR. Con mayúsculas. Para todo y nada.

Le dimos dos besos para confirmar que era una figura corpórea y nos fuimos tomando prestada parte de un aura de tranquilidad majestuosa.

Cerré los ojos. Di las gracias y anclé ese momento. En algún lugar de mi alma. Donde guardo los regalos que me hizo esta Isla, algunos incluso en forma de pulmonía.

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2 Comments
  • Ana

    🙂 Precioso! Creo que puedes transportarnos allí un rato, mientras leemos 🙂
    Qué gran regalo poder encontrarte gente como Mirella, en ese precioso lugar! Y tener la sabiduría de poder verlo y disfrutarlo de corazón!!

    • Alter Ego

      Gracias Ana. Un placer hacerte hecho partícipe de éste viaje y de la sonrisa de Mirella.
      Un auténtico regalo, como tu bien dices 🙂

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