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Una vieja amiga llamada ansiedad

  • agosto 9, 2017
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Me llamo Laura y tengo ansiedad.

Esta podría ser la perfecta presentación para cualquier grupo de apoyo. Pero nunca podría presentarme así en sociedad. Qué diría la gente de mi. “Puta loca. Ni que a mí me interesaran sus problema de mierda”. Pero es la verdad. Tengo ansiedad desde hace aproximadamente 11 días, desde que cambié de vida.

Y fue decisión propia. Nadie me obligó a hacerlo, pero tengo ansiedad.

Me preocupa que las cosas no salgan como tenía planeado, que mi proyecto no funcione, que le pase algo a mi familia, a mi marido, a mis gatos.
Tengo miedo. Y ansiedad. No sé si lo había dicho ya.

Y no soy la primera en el mundo que cambia de vida, que cambia de país, que deja su trabajo y pretende iniciar su sueño. Pero tengo ansiedad.

Que poco nos hablan de lo mucho que cuesta realizar sueños. De la perseverancia, de los intentos, de los fracasos.
Que poco nos hablan de la presión que noto aquí en el pecho. Que no me deja coger ese aire que tanto necesito.
Que poco nos dicen que NO todo estará bien. Que surgirán problemas y baches. Que tendrás pesadillas y te costará dormir. Que llorarás preguntándote porque lo hiciste, porque dejaste una vida cómoda para vivir a ciegas.

Y tengo ansiedad. Cuando me lavo los dientes, cuando escribo, cuando intento sonreír frente al espejo diciéndome que estoy bien, que pasará, que soy fuerte y valiente, pero tengo ansiedad.

Y es que debemos SER supermujeres. Con capa. De esas que vuelan. Y ser guapas, inteligentes, buenas madres, esposas y mejores amigas. Y practicar yoga o pilates o cualquier deporte que mantenga nuestro cuerpo atlético. Tener siempre el mejor consejo junto a una perfecta sonrisa, de esas de anuncio. Y no llevar ni una arruga en el vestido, mucho menos en la cara.

Luchar contra estereotipos. Explicar porque no queremos ser madres, o porque he decidido casarme cuando el arroz ya está más quemado que mi paciencia.

Y tengo ansiedad.

Porque he dejado atrás un país, una familia, una profesión que me entusiasmaba aunque no lo suficiente como para dedicar mi vida a ella.

Y es que siempre fui una ilusa. Siempre viví de puntillas buscando mis sueños. Y sigo intentándolo. Creando un mundo a mi medida, aunque a veces tenga que pagar un precio alto por ello.

Y tengo ansiedad.

Cuanto daño ha hecho Disney.
Putos cuentos de hadas de final feliz, de calabazas convertidas en carrozas, de príncipes azules que te buscan por todo un reino con un zapatito de cristal en la mano. Que fácil parece volar, escapar de lo malos. Que manera de sortear los problemas. Qué cuerpos, qué melenas, qué todo.

Y tengo ansiedad.
Por no tener capa y no saber volar.
Por no saber convertir frutas en Audi(s) A1 blanco, tal vez rojo.
Por no practicar un arte marcial.
Por no ser quién había soñado.
Porque se me han acabado los consejos y las risas para mis amigas.

Y sé que pasará, como todo en la vida.
Y de nuevo se cumplirán los sueños que tengo guardados en esa mueca de sonrisa que siempre acaba saliendo.

Pero mientras llega, aquí te espero.
Irascible, llorosa y fea. Sin ánimos de llevarte ni tan siquiera la contraria.
Se me han acabado las frases de portada de libro de autoayuda.
Porque ésta también soy yo. La que grita, la que insulta, la que utiliza el sarcasmo para reír a la par que herir. La guerrera sin escudo, sin trampa ni cartón. La salvaje. La que no quiere nadie.
Aquella que ahora se ha vuelto a hacer amiga de una vieja conocida llamada ansiedad.

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